
No vivo de la boutade, ni me fío de las citas de Camille Paglia: ‘La semilla del Mal’ es pura y dura serie Z y, por supuesto, no es para todos los gustos, ni encaja en un criterio demasiado estricto e iracundo. Pero es un tipo muy especial de subproducto, uno que parte de la inconsciencia hasta terminar deconstruyendo el género por una acumulación burra e inconsciente de tópicos, que por acumulativa termina siendo estimulante, por absolutamente libérrima en su ausencia de suspense termina rozando lateralmente la vanguardia.
David S. Goyer es capaz de lo mejor y de lo peor, bien lo sabemos. De un guión tan arquetípico y consciente como el de ‘Libertad para morir’ a otro cargado de fraseo de novela de segunda fingiendo construcción de personajes y vergonzosas metáforas psicológicas como el de ‘Batman Begins’. De un texto de acompañamiento a la pesadilla de ‘Dark City’ o la modélica ‘Blade’ hasta desguisados mayores, como la secuela ‘Blade: Trinity’ o la serie de televisión.
La escuela de Goyer aparece de forma abrupta, aquella que abarca hasta una excelente adaptación de Robert A. Heinlein, coescrita con los futuros responsables de ‘Shrek’ y ‘Piratas del Caribe’, Terry Rossio & Ted Elliott, hasta la mítica ‘Demonic Toys’ (superada por su secuela, ya cien por cien Charles Band y Full Moon): como ven el cine de alto presupuesto procede de ciertas series bé y zeta, escritas por guionistas conveniente domesticados.
Sería ingenuo pensar que Goyer esquiva sus objetivos, pero el resultado es impersionante. Su mezcla es indiscriminada, casi abstracta de explicar: de un plumazo aparecen en pantalla ‘El exorcista’, ‘Amanecer de los Muertos’, ‘The Ring’, ‘The Grudge’, ‘Dark Water’, ‘La Profecía’ y hasta , si quieren, la reciente ‘Los extraños’ u otros exponentes del slasher. El resultado es un cocktail irresistible, que igual encuentra un referente más adecuado en ‘Lucifer’, del olvidado Frank LaLoggia, en manejar un cocktail satánico de forma casi descontrolada, sacudiéndolo bien hasta que la experiencia es una comedia enloquecida y, asombrosamente, feliz.

Sin embargo, no sería justo que el film es simplemente diversión camp. Algunas de sus decisiones ya no caben en lo camp y buscan una sensibilidad arrebatadora: empieza con un bulldog enmascarado y prosigue con veinte disparatados minutos de lucimiento sensual de su protagonista, una descontrolada Odette Yustman, con una poética que es puro HollywoodTuna. Desde cameltoes, hasta escenas repetidas de ropa interior, duchas, etcétera.
Pronto la película decide abarrotarse de sustos que se dirían fáciles sólo al principio y decididamente abstractos después. Desde una aplicación cuidadosa del shock del correo basura, con rostros gritando, la película de Goyer se sobrecarga y nunca cede: su sampleado es constante, pero cada vez progresivamente delirante. El momento Ely de la película nos hace olvidar al personaje del mismo nombre que estuvo manipulando en ‘Pozos de ambición’.
Una película que decide mezclar, sin pensar en absolutamente nada (ya sea construcción posmoderna o revisión), zombies, nazismo (mediante Auscwhitz y Mengele), satanismo, viejas leyendas hebreas (el Dybbuk), exorcismos delirantes y espíritus incansables nunca puede salir mal. Pero que lo hace con una variedad de texturas que funciona por sobredosis, por tratamietno de choque, antes que por finura o talento, merece un punto y aparte.
La película es una comedia brutal, una deconstrucción de todos los códigos genéricos. ¿Cómo se explican la posesión demoníaca convertida en zombificación, adoptando el nervioso estilo visual a caballo entre Zack Snyder y Danny Boyle, con hombre de color alterado y que termina con un contrapicado ejecutando una slow motion del golpe de este (renovado) zombie? O el citado Momento Ely, que relee a Takashi Shimizu en clave post-Cocoon, convirtiendo el susto en una geriátrica set piece de monstruo de residencia. O todos los momentos, absolutamente, de Gary Oldman, encarnando a un más que imposible rabino que cambia de opinión, como busca ayudantes en un partido de baloncesto. O enviados del diablo mil, nombres de pila absolutamente delirantes y giros de guión que lo son de montaje.
Es imposible acercarse a esta película con la seguridad que concede la detestable pretenciosidad o, simplemente, la lentitud porque su interés reside en una zona compleja, en la que la pureza se encuentra con el error. Su cocktail resulta cómico por una inocencia arrebatadora, pero también linda lo vanguardista: los guionistas de ‘Scary Movie 5′ deberían tomar nota, igual que sus detractores. Ya nadie hincha los clichés hasta llegar a un producto desmesuradamente absurdo, con diálogos absolutamente autistas made in Goyer y un montaje que desvirtua la narrativa misma. El cine es diversión y la que concede esta película es de primera categoría: da un repaso a todos los tópicos a los que todo el buen cine de horror no es capaz de desligarse y los junta, creando una insensatez que desvela algo de intencionalidad heterodoxa en sus mejores momentos. Lo curioso es que no se limite a una reunión de clichés y los desligue de los aspectos más formulaicos: la obligada aparición sutil del espectro, la respetable ilógica del cuento de fantasma oriental, el aspecto importante de las relaciones familiares como tragedia, el tema del doble.
Es posible que muchos espectadores se sientan tentados de reírse de la película por ser puramente camp. Pero hay una diferencia estricta entre un film obvio y una insensatez como la presente: el primero fracasa por ser absolutamente predecible, por no ser arriesgado. Este film, que nunca pretende lo contrario, es imprevisible en toda regla y su ausencia de convencionalismo surge por su condición casi de summa de todos los monstruos relativos al espiritismo. Es importante advertir al espectador que la superioridad no es una postura recomendable, más viendo lo eficaz de estos resultados, lo catártico y hasta extrañamente crítico que resulta esta película con… las películas a las que pretende imitar.
No he visto película que refute mejor a los recientes remakes de ‘The Eye’ y ‘Reflejos’ y ofrezca algo de un calado tal que se postula heredero de las mejores muestras de su variante, como ‘La invasión de los zombies atómicos’. No necesita dar cuentas a críticos, y no se ganará los favores del público: sin embargo, el resultado es un comentario demoledor sobre la naturaleza de los mecanismos del cine de terror, en la que uno bascula entre la irremediable e imposible conciencia reflexiva y la sesión acelerada y ebria de un DJ que no sabe serlo. Digna de estudio, merecedora de un nada irónico y prepotente brindis, y especialmente indicada para espectadores con ganas de divertirse de verdad. Aquellos que vean en esta sensibilidad Z la expresión de algo genuino. Aquí la hay, que la tentación del tópico reseñista (tan lamentable como la que se critica al creador) no caiga más sobre esta cinta ya que no tiene nada de convencional.

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1 Comentario en “‘La semilla del mal’, el terror como burrada operística”
Comprendo tu visión de la peli, Alvy, aunque ingenuo de mí percibí en La Semilla del Mal un intento de integrar en el mainstream USA, sin recurrir al remake, algunas constantes de ese cine de terror japonés que tanto nos ha atormentado en los últimos años.
Un intento que se salda en el disparate más absoluto. Pero me he reído más con tu crítica, la verdad, que con la peli ;-)