No es novedad, no digo nada original, si me refiero al hecho de que Hollywood se ha obsesionado siempre por estirar los éxitos, exprimirlos hasta la última gota. Si uno toma el animé, sus series suelen tener fecha de expiración, nunca demasiado extendida. Hay una historia, se la sigue, se llega al final, así de simple. Pero no, en Hollywood las cosas no funcionan así. Y está bien, nadie puede culparlos por querer aprovechar los beneficios de la fortuna mientras esta dura. “Desperate Housewives” es sólo un ejemplo más.
(Puede contener spoilers)
Si alguien todavía recuerda sus inicios, empezó como una especie de comedia negra con toques de policial. Una mezcla de “Stepford Wives” con “Belleza Americana” con… Un suburbio lleno de gente bonita, de buen pasar, todos con pequeñas cosas que esconder, todos enfocados en uno o dos misterios puntuales, con una evolución desarrollada. Pero, lógicamente, el misterio llegaba a un punto de resolución.
Si uno se basa estrictamente en la narrativa, ese momento en que el misterio se clausuraba era el indicado para finalizar la serie. ¿Por qué había muerto Mary Alice? ¿Cuál era la conexión con Mike Delfino? Todo llegaba a una conclusión, oscura, pero satisfactoria. Un hijo perdido (un hijo psicópata), una madre desaparecida (asesinada en un rapto de emoción violenta por la protagonista narradora que cometía suicidio y su esposo bizarro). Algo de “Twin Peaks”, sin el costado onírico, se filtraba, y voilá.
Pero no, “Desperate Housewives” era demasiado exitosa. Así que el equipo de guionistas debió insistir, someter a sus cerebros a intensa presión, para descubrir nuevas tramas y subtramas.
En las dos siguientes temporadas, se fueron a lo más rosa, multiplicando amoríos y elementos del melodrama familiar, desarmando estructuras, quebrando y rearmando parejas. No todos los personajes tenían la misma fuerza para aguantar. El de Susan Mayer fue protagónico durante mucho de la segunda y terceras temporadas. Lo suyo es el amor, y todos saben que eso, argumentalmente, tiene un límite (especialmente cuando Susan no trabaja ni hace demasiado). Gabrielle posee malicia, pero su espectro es limitado por su propia superficialidad. Los hombres, se sabe, salvo Mike Delfino – y ahora Orson Hodge – son personajes débiles; Carlos es simpático, pero no es sobre quien la serie quiere versar. Eso dejaba a Lynnette, Bree y, de forma irregular, Edie. Edie es un personaje soporte, no central, y de las otras dos y su tendencia a lo exacerbado y lo trágico no se puede abusar. De más está decir que los guionistas de “Desperate Housewives” viven caminando sobre un hilo muy fino.
Todo esto sin mencionar el hecho de que ya la continuidad ronda la locura, con personajes que van de la maldad a la bondad, de lo odioso a lo querible, sin escalas y a velocidades extremas.
Es una opinión, y cada uno puede tener la suya. Con los límites lógicos de cierto realismo que se quiere preservar, fue en la tercera temporada donde comenzaron a redescubrir el origen de su éxito primero (no que sea repetible, pero bueno, algo es algo).
Al integrar al curioso Orson Hodge, un dentista con una relación absolutamente enfermiza con su madre, sospechado de dos asesinatos, “Desperate…” retornó al elemento policial que también le sentó en su primera temporada. Otra vez involucraron a Mike, a Bree y su rigidez, al tiempo que enlazaban con Lynnette y su demencia familiar (los primeros capítulos de la tercera temporada son los más logrados).
Los amores y desamores (Mike y Susan, Carlos y Edie, Gabrielle y Victor) quedaron balanceados por la más oscura y elaborada trama de crímenes, engaños y demás que pululaban por este apacible suburbio.
El problema sigue siendo que ya todo el mundo conoce los mohines y los caprichos del 50% de los protagonistas. Son Lynnette (que ya pasó por un balazo, perseguir a un pederasta y hasta un cáncer) y Bree (de todas las posibilidads, las más extraña si uno va a la primera temporada, donde era un personaje opaco), las que soportan el peso argumental. Cuanto más “Desperate…” se aleja del melodrama, mejor le va, pero eso es difícil de lograr, más aun cuando el show trata de no caer en los homenajes ni las citas y permanecer lo más original posible.
La cuarta temporada tiene otra vez a Mike en el centro de la tormenta (este hombre no tiene paz), ahora en buenos términos con quien fuera su enemigo gran parte de la tercera temporada, Orson Hodge. Gabrielle y Carlos vuelven, pero ella sigue casada con Victor Lang. Lynnette sale del cáncer (cómo se continúa después de algo así). Seres que aparecen (como el de Katherine Mayfair – vecina “regresada”, “antes” amiga de Susan – y su hija Dylan, que pasan a ocupar un lugar cuasi central en la trama con sus secretos familiares) y desaparecen de la trama. Los hijos de todos ya van terminando la secundaria y se preparan para empezar la universidad o comenzar sus vidas adultas.
Hay perlitas, como la pelea entre Bree y Orson sobre si circuncidar al hijo de Danielle que ellos han “adoptado” (lo que hace suponer que la madre, hija de Bree, reaparezca en algún momento reclamando a su vástago e iniciando otro conflicto familiar, ya que ese es el tema principal de Bree). De todos modos, en mayor o menor medida, “Desperate…” entra otra vez en una suerte de momento circular, donde muchas cosas se repiten.
Para quienes todavía no han visto la cuarta temporada, no habremos de avanzar más durante un tiempo, pero cabe preguntarse cuánto más los guionistas pueden demorar más lo inevitable. Una solución probable sería terminar de enloquecer, llevando, como en momentos de la tercera temporada, la oscuridad y el humor negro al límite para un show de este tipo. Hay que ver si todavía pueden.
Enlaces externos:
Fansite de “Desperate Housewives”

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Sin Comentarios en ““Desperate Housewives”: O como hacer interminable lo terminable”
No he visto esta serie, pero la comparación con el anime creo que está equivocada, por que si hay un género de series eternas es ese: Dragon Ball y secuelas, los cientos de episodios de Naruto, Bleach, One Piece, etc…