Dirigida por Orson Welles en el año 1942 y basada en la novela homónima ganadora del premio Pulitzer en 1919 de Booth Tarkington, The Magnificent Ambersons (o El cuarto mandamiento) ofrece una historia ambientada en Indianápolis hacia finales del siglo XIX. Según ha comentado el realizador, para quien este film era el segundo en su filmografía como director, luego de Citizen Kane, la productora RKO alteró gran parte del material original al punto de extraer el fragmento de mayor relevancia para el desarrollo del film. Aún así la obra reviste valor, como todas las obras de Welles, por una concienzuda estructuración de la narración, una, acaso, clásica mas también personal caracterización de los personajes y un brillante empleo de los recursos del lenguaje cinematográfico.
El film parece estructurarse en dos grandes fragmentos que tienen por separador un cierre en iris que anuncia una pronta modificación de la situación presentada por el primero. Así el fragmento inicial comienza, empleando un montaje ágil, con la presentación del joven Eugene Morgan (Joseph Cotten) a quien vemos prepararse frente a un espejo para recoger a Isabel Amberson (Dolores Costello), quien le atrae y se halla enojada con él pues sin intención le había ridiculizado en público. Así le veremos tocar su puerta reiteradas veces e incluso seguirla mas nada de ello logra generar su atención. Finalmente la muchacha resuelve contraer matrimonio con otro de sus pretendientes, Wilbur Minafer (Donald Dillaway) y con él tiene al pequeño George. Desde su aparición en el film se enfatizan ciertas cuestiones sobre su personalidad, ostentando vanidad, impulsividad y un fuerte criterio anclado en la división de clases y capital económico, que se mantendrán aun en su adultez. Lo veremos claramente en la fiesta organizada en su honor al regresar, en vacaciones, de su institución de estudios. En ella se producen dos grandes acontecimientos que le conciernen, en principio es presentado por su madre al Sr. Morgan, a quien, por cierto, aquella ahora mira con cierta admiración advertida con desdén por su George, luego conocerá a su hija, la bella Lucy (Anne Baxter), con quien pronto establece un vínculo. Así la celebración llega a su fin mas en la pista vacía todavía se hallan Isabel y Eugene bailando un vals mientras Wilbur descansa en su recámara. Una vez que el padre y su hija se han retirado el muchacho deja ver su desagrado por la aparición del personaje de Cotten refiriéndose a él despectivamente generando particularmente en su tía Fanny (Agnes Moorehead) una frenetica reacción defensiva pues ella, a la vez, siempre ha gustado de él y este interés se intensificará a lo largo del film. Poco después veremos la conclusión del primer fragmento con un fallido paseo bajo la nieve en que debe de empujar el automóvil creado por Morgan que se ha quedado atascado. El cierre en iris determina la conclusión.
El segundo segmento comienza con la muerte del padre del protagonista y, luego de unos breves episodios, con la visita de las mujeres de la familia Amberson a la fábrica donde Eugene produce sus automóviles.

En forma paralela veremos como la pareja de George con la joven Lucy se consolida de la misma forma en que lo hace la de su madre y el inventor, mientras la solterona Fanny les observa con angustia y cierto rencor. Finalmente será ella quien encienda aún más la indignación de su sobrino al comentarle lo que “todo el pueblo dice”: que su madre había sido novia, cuando joven, de Morgan y desde entonces ha estado enamorada de él. En el interés de salvaguardar la figura e integridad de su padre respondiendo, a la vez, a una clara intención edípica, se desarrolla el desenlace del film pero sucesos aún más importantes surgirán y alterarán en forma drástica el rumbo de la narración.
El film como estructura está eficaz y creativamente planteado en tanto se produce una intencional coherencia entre el montaje y composición con la línea dramática de la narración. En ambos segmentos, claramente delimitados, podemos hallar diferentes recursos que buscan generar atmósferas y situaciones diferentes, quizás antagónicas.
En el caso del primer fragmento, mediante el ritmo cinematográfico (que emerge del montaje mismo o del movimiento interno al cuadro) y la banda de sonido podemos entender un interés en exponer un estado dinámico y alegre, una suerte de punto inicial que irá, progresivamente, alterándose. Por su parte, la segunda pieza del film que, como se mencionó, es separada de la anterior por un cierre en iris que afirma al espectador una conclusión y anuncia una pronta modificación de la situación, cuenta con un ambiente mas “espeso” quizás. Aquí los movimientos de cámara y la acción no resultan tan ágiles, exceptuando en ciertos momentos de tensión, y la banda de sonido apela se basa más en el silencio, por momentos verdaderamente inquietante, que en las llamativas melodías.
Es también interesante aludir, aún brevemente, al juego que se establece entre la voz en off del relator, Welles, y el universo ficticio de la narración que, desde sus personajes, parece responder a las palabras de aquél. Asimismo debe destacarse el trabajo propuesto desde la iluminación y su vínculo simbólico con los sucesos, y la particularidad de los créditos de la obra, que culmina con una presentación del realizador y guionista del film con el empleo de su voz y un recurso metonímico.


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