Historias Minimas es el cuarto largometraje en la filmografía del argentino Carlos Sorín y cuenta con el trabajo de Pablo Solarz en su guión. Dirigida en el año 2002, luego de trece años de ausencia en el ámbito cinematográfico y posterior a obras como la reconocida Película del rey y Eversmile, New Jersey, propone una entrañable narración compuesta por tres convergentes historias que toman lugar en el vasto paraje patagónico, que condiciona y adhiere su propia significación al entramado de hechos.
El film comienza en un consultorio oftalmológico donde Don Justo Benedictis, interpretado por Antonio Benedicti, responde a las preguntas del doctor en su examen de capacidad ocular para obtener su licencia de conducir. Veremos en forma subjetiva las borrosas letras, indistinguibles, que finalmente le privarán de su certificado. Pronto le hallaremos frente a su almacén de ramos generales “California”, pintada su fachada en un brilloso color verde, sentado de frente al angosto tramo de la ruta y, mas allá, una gran extensión de tierra ocre. Don Justo ha perdido hace algunos años a su perro Malacara, que se había convertido para él en una importante compañía pues a su avanzada edad había relegado la atención del negocio a su hijo.
Inesperadamente recibe el comentario que éste ha sido visto en el pueblo de San Julián, a unos cuatrocientos kilómetros de allí, por lo que con absoluta definición y nada más que un bolso de cuero donde portar su termo y mate, se dirige hacia allí, aún sin el aval de su familia. No habrá otra forma de hacerlo sino caminando y, eventualmente recurriendo, en parte, a los conocidos conductores de camiones que habrán de ayudarle en la travesía. Mientras ello sucede una historia simultánea se presenta. Ésta tiene por protagonista a Roberto (Javier Lombardo), un comerciante bonaerense que iniciará un viaje similar hacia tal lugar en busca de una clienta viuda por quien, veremos, posee un especial interés afectivo. En su intento de congraciarse con ella decide llevar una pequeña torta como presente para el cumpleaños de su hijo René. Mas en el trayecto no solo surgirán inconvenientes sino que comenzará a entrar en dudas, ante la ambigüedad del nombre, sobre si se trata de un niño o una niña. Veremos en él un ritmo claramente urbano, de agitación y prisa que poco a poco será sofocado por la apacible dinámica de estas tierras y sus habitantes.
Finalmente, un tercer relato será desplegado en simultáneo. El mismo tendrá por personaje principal a la joven María Flores (Javiera Bravo), una muchacha que habita un precario asentamiento junto a su niña. Una feliz mas monótona rutina se cierne sobre ella, sin embargo, pronto recibirá de s extática amiga la noticia de haber sido elegida para su participación en un programa de televisión local, ‘Casino Multicolor’. El posible premio parece ser una procesadora d
e alimentos que, en verdad, de poca utilidad le sería por el uso que habría de darle, por el deficiente suministro eléctrico e incluso por el escaso pago que recibiría al venderla. Aún así representa un motivo de esperanza ante una situación imprevisible y será pronto que emprenderá su viaje hacia el estudio localizado en San Julián.Es así que las tres historias confluirán en aquel prometedor pueblo luego de un extenso desarrollo individual con diversas situaciones que pondrán a prueba su determinación para la continuación del viaje y la concreción de sus anhelos.
El film instaura en una suerte de temporalidad suspendida estas tres historias que parten de la cotidianeidad y presentan los sucesos que conducen sus acciones principales como fundamentales para los universos personales de los respectivos personajes, pues radica en ellos una razón aún mas profunda. Evidente es el caso de Don Justo que, veremos a lo largo del film, desea hallar a su perro Malacara no solo porque ahela su compañía sino porque tiene, éste, un otro particular significado al que alude simbólicamente.
Estas pequeñas historias, para el espectador que suele frecuentar la espectacularidad cinematográfica, lo parecen aún mas en el contexto de la extensa Patagonia argentina que, aún en su inmensidad, parece acoger a estas figuras que desarrollan, solitarias, sus recorridos como así también lo hacen otros habitantes de la zona, caracterizados por una amplia hospitalidad y disposición.
Para gran parte del elenco han sido seleccionados actores no profesionales que, sin duda, confieren a la narración una mayor verosimilitud y una cierta calidez evidente en sus voces apacibles y una suave gestualidad. Excepciones de ello son, en principio, el personaje de Roberto, interpretado por el actor Javier Lombardo, a quien se ha visto en múltiples producciones televisivas y cinematográficas, y a la joven directora y guionista Julia Solomonoff, que encarna a Julia en la cinta.


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