Siguiendo una clara línea personal, Happiness (1998), segundo largometraje del director independiente Todd Solondz, propone una retorcida historia, maravillosamente estructurada e interpretada por su elenco, que juega en forma constante con el límite tolerable por el espectador. Hay una relativa sensación de comicidad latente a lo largo del film, generada por situaciones que en su carácter extremadamente oscuro, pero sin duda posible, desconciertan y requieren nuevas respuestas, diferentes a las que el cine nos ha acostumbrado a dar en forma mecánica.
Una breve introducción nos sitúa en un restaurant de clase media donde Andy (Jon Lovitz) acaba de ser abandonado cruelmente por la joven Joy (Jane Adams), una de las tres hermanas que funcionarán como una suerte de base con las que se relacionarán los diversos personajes desarrollados. En un vertiginoso movimiento veremos como el personaje ya entrado en años pasa de transitar una angustia que, para mantener cierta apariencia de fortaleza, logra contener, a insultar a Joy con ira afirmando “yo soy champagne y tu eres mierda”. En instancias posteriores del film veremos a esta muchacha retratada como una muchacha insatisfecha, de grandes aspiraciones y pocas posibilidades, que sueña con hacer populares sus mediocres canciones y lograr, con ello, algo del reconocimiento que pretende de su familia. Su trabajo, rutinario, poco le satisface y es el anuncio del suicidio de Andrew lo que le incita a cambiarlo y tomar un cargo como profesora de inglés para inmigrantes, cierta alusión autobiográfica del director. Allí se enamorará de un alumno ruso que hará concretas sus ansias para pronto robar de su casa dinero y artefactos.
Paralelamente veremos una descripción de su hermana Trish (Cynthia Stevenson) cuya vida se remite a la atención de su familia y a la gran casa que habita junto a ella. La conciencia de no haber obtenido grandes logros profesionales y la dependencia absoluta de su esposo arremete en varias ocasiones opacando esa suerte de extraña y aparente bonanza en que se encuentra mas es el episodio que pronto comenzará a desarrollarse lo que quebrará por completo esta ilusión. Su esposo Hill (Dylan Baker), psicólogo y padre ejemplar, ha abusado de uno de los compañeros de colegio de su pequeño hijo y poco después reiterará su acción con otro de ellos. El film no ahorra en imágenes que denotan su abominable inclinación. Pronto será identificado como el acosador y la noticia llegará a su niño, que en una terrible mixtura de sentimientos, comprenderá que aquella persona en la que ha confiado para confesar sus íntimos pensamientos es en verdad un pervertido. La escena del diálogo que éstos mantienen es simplemente sombría.
La hermana restante, Helen (Lara Flynn Boyle) es una exitosa y frívola escritora cuyas oscuras obras tratan líricamente situaciones traumáticas desde una perspectiva verdaderamente personal mas esta elección no es más que una mera ficción que pretende utilizar para la venta de sus libros. Se considera a sí misma “una sórdida explotadora” y ansía, por ello, ser violada para dar un sustento a sus piezas, elevar el propio concepto y obtener más material al que aludir. A éste cúmulo patológico se suma la figura de Allen (Philip Seymour Hoffman), un vecino que esconde su irrefrenable deseo sexual y la imposibilidad de concretarlos en las recurrentes llamadas telefónicas que realiza acosando a sus interlocultores. Una secreta inclinación por Helen hará que finalmente se encuentren, ambos en la posibilidad de concretar sus anhelos mas la reunión resulta infructuosa, Allen no consigue vencer su timidez y la mujer, finalmente, se arrepiente de ponerse a la merced de su poco atractivo vecino.
Es claro que este film, asi como sucede con la totalidad de l
a obra de Solondz, se ancla en una característica búsqueda de trascender los límites de lo tabú que no radica en una mera elección creativa sino con vistas a retratar situaciones y figuras absolutamente posibles y buscar reacciones diversas en el espectador frente a la presentación de tramas poco usuales. Los personajes son desarrollados minuciosamente, propuestos como complejas y profundas construcciones, con sus necesidades, normas y contradicciones, sumidos, todos ellos, en un intenso estado de autocompasión y disconformidad.
Los conceptos de la familia, las relaciones amorosas y los objetivos personales son presentados en su contracara, bizarra y oscura, y parece ser ello lo que ha suscitado múltiples críticas. Aludiendo ‘inmoralidad’ en su trama, parte de su público y en particular los estudios de Universal que han influido decisivamente en la no distribución del film, lo han condenado pues, aparentemente, no es el tipo de film que el público americano debería ver. El propio Solondz se manifiesta en contra de ello y, si bien reconoce que su obra no es fácilmente accesible para todo el público, afirma que el tratamiento de temas similares se da en medios como la televisión de una forma en absoluto seria. Happiness no es más que una alusión directa y sin matices a una sociedad sintomática y autoconciente que prefiere ver sus problemas algo ficcionalizados y distantes en uno de sus prolíficos talk shows. Es claro que no resulta agradable ver escenas como aquella en que Bill, en medio de un sueño y luego de observar lascivamente al amigo de su niño, toma un arma y comienza a disparar a todos los presentes en el parque. Por supuesto, pero ¿acaso no es esto real?



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Sin Comentarios en “Happiness”
Sin duda alguna esta película no deja indiferente a nadie (junto con Kids). Es una de mis películas favoritas. Es la película que más incomodo me ha hecho sentir. Sería incapaz de verla con mis padres.