Dirigida en el año 2000 por Juan José Campanella en su segunda labor como director luego de El mismo amor, la misma lluvia, El hijo de la novia presenta una de las más bellas historias del cine argentino estructurada por un guión bien propuesto y sostenida por un elenco sólido de actores admirables.

La obra tiene por protagonista a Rafael Belvedere (Ricardo Darín) que ya en su cuarta década toma conciencia de la necesidad de retomar el control de su vida que hasta entonces estaba regida, principalmente, por la constante preocupación de mantener rentable el restaurant familiar que administra. Entre tanto ha perdido cierto vínculo con su hija Vicky (Gimena Nóbile), producto de un fallido matrimonio, ha relegado a su pareja (Natalia Verbeke) que espera de él muestras de compromiso siempre depuestas o interrumpidas por su trabajo, y por ello también ha postergado visitar a su madre (Norma Aleandro) que se halla internada en un geriátrico pues padece del mal de Alzheimer. Algo diferente es la relación que tiene con su padre Nino (Hector Alterio), figura por la que vemos cierta admiración, pues en cierta forma les une el local. Es en esta sucesión gris de faltas y olvidos que aparece un antiguo personaje de su infancia, Juan Carlos (Eduardo Blanco) que consigue hacerse un espacio en su rutina a fuerza de persuasión y logra, por momentos, aislarle del ajetreado presente recordando viejas anécdotas y personajes. Con ellas Rafael accede a un plano fuera de la mera inmediatez o la previsión y se permite con ellas una comparación con su presente. Mas en verdad el factor que logra causar en él la impresión suficiente para realizar una reflexión sobre el propio rumbo es el proyecto para el cual su padre recurre a él: quiere concretar finalmente el deseo de su madre, al que nunca escuchó, de casarse por Iglesia. Y con ello gran parte de la atención dirigida al protagonista se desplaza a la pareja, que luego de tantos años de estar juntos, forjar una familia y un vínculo indestructible, mas también sobreponerse a algunos obstáculos, conserva aún un amor puro e incondicional. Lo veremos en el maravilloso Nino que, en un emotivo monólogo, la describe como un ángel que solía maravillar a los clientes con su preciosa presencia, en la forma en que la trata y la dulzura con que la mira, mas también en ella, que en ciertos momentos de lucidez lo llama tiernamente “papito” y acaricia lentamente su ajado rostro.
Inicialmente Rafael no está por completo de acuerdo con el proyecto por considerarlo innecesario, por pensar que el dinero ahorrado debía de ser gastado en un viaje a Italia que su padre siempre quiso realizar, y que sería, finalmente, propiciar una situación que su madre quizás nunca entendería. Pero pronto, la inmensa devoción de Nino lo disuade y genera, a su vez, en él una verdadera conciencia sobre la mujer que tiene a su lado, a la que en verdad necesita pero no lo ha demostrado, aún, lo suficiente como para que ella lo sepa. Desde aquí, aproximadamente, se comienza a producir el desenlace de la obra que cuenta finalmente con una conclusión feliz.
El film, considero, dista mucho de ser una estereotipada búsqueda de generar en el espectador fuertes emociones propiciando golpes bajos, por el contrario, la historia es, con toda la gravedad que el mal de Alzheimer encarna, abordada cuidadosa y acertadamente. Presenta asimismo una dosis medida de humor en ciertas ocasiones, originado por características localistas relativas a la idea del “ser argentino” (evidente en diálogos del entrañable personaje de Eduardo Blanco) y otras tantas, sin dudas, por algunas líneas del personaje de Norma Aleandro que rompe, sin su intención, está claro, la seriedad del asunto.
No hay interés en el empleo de artilugios técnicos o llamativos recursos estilísticos pues ello, supongo, quitaría parte de la fuerza depositada en los hechos y su interpretación. Hay dos focos claros de atención en el film y en el desarrollo realista de ellos transcurre la obra.
Si bien es posible que, como he leído en algún sitio, la narración sea por momentos redundante dejando en claro, por demás, ciertas cuestiones esenciales como la ausencia de Rafael en múltiples planos de su vida, y acaso quizás que “Darín siempre actúe de sí mismo”, lo cierto es que en este film funciona. La verosimilitud se mantiene aún, las reiteraciones, de ser tales, no se perciben, verdaderamente, y el espectador, de seguro, se hallará al fin vinculado con los personajes, sobre todo con Nino y Norma, a mi criterio, encarnado por los dos mejores actores nacionales.
El film, conjuntamente con su equipo técnico y elenco, ha recibido múltiples nominaciones y reconocimientos en festivales locales e internacionales como el de San Pablo, el Festival de la Habana, y una nominación para los premios de la Academia como mejor película en lenguaje extranjero, aunque la lista es verdaderamente más extensa.
En conclusión, su buena estructuración, las maravillosas interpretaciones de un elenco soberbio y el medido abordaje de la historia de un hombre cuyas prioridades se han trastocado mas halla finalmente un rumbo certero gracias a sus padres que, ancianos, viven aún una maravillosa historia de amor y devoción, hacen de El hijo de la novia una pieza sobresaliente del cine nacional.



Añadir a Del.Icio.Us



Comentarios de “El hijo de la novia”
Aun no se han realizado comentarios.