Como todos los años, comienza la locura. Se junta el dinero, se prepara la carpa para dormir al lado del shopping Abasto, y se dispone a invertir dos semanas de la vida de uno en ver películas. El resto del tiempo, en el caso de quienes cubrimos el evento, consiste en saludar todo lo que se mueva: nunca se sabe quién ocupará qué lugar en el futuro, o quién puede ser el próximo mejor amigo del momento. Un festival también es eso: hacer contactos. Hoy, igual, primer día oficial, es todavía una entrada en calor.
Esta ya suerte de Bienal del Cine, en realidad, se inició ayer, con “Jogo de Cena”, del director brasileño Eduardo Coutinho. El realizador entrevistó a un grupo de mujeres, editó el material, se lo envió a otro grupo, esta vez de actrices, para que lo prepararan y lo representaran. La idea era ver cómo este grupo de actrices se apropiaba del material anterior, que no era un texto, sino una imagen con un ser real contando su propia historia.
Cada actriz optó por caminos diferentes, desde la mímesis hasta la reinterpretación. Todas las historias rondaban, invariablemente, alrededor del amor, los hijos, la muerte, los traumas y las formas de seguir adelante. Ambos materiales son incluidos en el film, haciendo distinguir ficción de realidad una tarea entretenida. Pero no es eso lo que cuenta, sino el hecho del relato que cobra vida dos veces, convirtiéndose en algo potencialmente real en ambas. Una actriz no puede seguir adelante en medio de la representación, porque, ahora que está realmente actuando, se le vuelve demasiado real y el llanto la invade. Otra se enoja con ella misma, se frustra, no puede alcanzar el real de algo que ya lo es y la supera, le es más fácil convertir en verdad aquello que es ficción, pero se bloquea al intentar repetir el modelo que ve que no puede alcanzar.
Un bello documental (si es que se puede incluirlo libremente en ese género) que sigue una línea conceptual hípersimple. Lo mismo va para la técnica, que se apoyo sobre todo en la entrevista y en un camarógrafo atento a sus protaognistas.
Hoy fui a ver “Andalucía”, del francés Alain Gomis. Al salir, había opiniones encontradas y yo me encontraba del lado de los defensores. La búsqueda del realizador de ascendencia senegalesa es trabajar sobre el universo cosmopolita que es una ciudad como París, sin caer en lo comercial ni en la visión pesimista y violenta de “El Odio”, de Matheiu Kassovitz. Gomis es francés, pero de ascendencia senegalesa. El protagonista es argelino, pero termina en Toledo. Lo que resulta, si se quiere, es algo más cercano a Emir Kusturica.
Su protagonista argelino, Yacine, está a la caza de su lugar en el mundo, quiere demostrarse a sí mismo que puede vencer los prejuicios de la sociedad francesa sin volverse el estereotipo del inmigrante destructor o ladrón. También intenta descubrir quién es él. Ve, mira, escucha, se maravilla. Sonidos, imágenes. Las tareas más simples y a las que poco solemos prestar atención de repente cobran otra fluidez, otra textura, se vuelven una especie de arte, al estilo “Belleza Americana”. Yacine redescubre, de esta manera, el mundo, sin que ello sea de ninguna manera algo fácil.
Gomis inserta también elementos de humor, riéndose amablemente de convencionalismos, paradigmas cristalizados y demás (incluido el cine francés de gran producción, donde el protagonista es contratado por su “portación de cara”).
En el final, el film toma bruscamente un tono surrealista, que contrasta fuertemente con el otro más realista que imperaba antes. Sin embargo, podría decirse que había preanuncios. Ese elemento surrealista era, de alguna forma, el que Yacine buscaba encontrar: la liberación, la posibilidad de soñar, de revalorizarse como hombre, entre otras cosas.
Finalmente, un film que en Europa se había estrenado ya el año pasado, “Persépolis”, que acá llega recién con el BAFICI. La película, para quienes todavía no lo sepan, está basada en una novela gráfica escrita e ilustrada de manera autobiográfica por Marjane Satrapi . El relato recorre desde 1979, cuando la protagonista tiene 9 años hasta la actualidad, narrando su experiencia tanto en Irán como en Europa.
Desde una estética en apariencia simple, el film de Vincent Paronnaud toma lo propuesto por el cómic de Marjane Satrapi y le otorga la complejidad de montaje necesaria para que no sea simplemente un pasaje de formato. Momentos, recuerdos, visiones e impresiones se entrelazan. La narración atraviesa el final de los ´70s, los ´80s y los ´90s.
El blanco y negro que impera tanto en el cómic como en el film lo estiliza de una manera peculiar; un mundo blanco y negro donde la protagonista busca encontrar los colores, cuando no la gama de grises. La niña da paso a la adolescente negativa y rebelde, que, a su vez, deja lugar a la mujer que quiere enamorarse, vivir y luchar por aquello en lo que cree, aunque todavía no sepa cómo. “Persépolis” es uno de esos films que desmitifican a la animación como tierra monopolizada por Disney o Pixar, sin que esto signifique un desmérito de lo producido por dichos estudios. La animación, entendida acá como obra, permite, como contraste al film con actores, liberar la imaginación para plasmar el imaginario de la autora y el director.

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