En el BAFICI todo se va complicando, porque, aparte, uno intenta mantener su vida, ¿verdad? No siempre se puede. El viernes había una fiesta, de esas donde es necesario una invitación especial, y yo la tenía. Pero debí quedarme traduciendo un texto de teatro del francés al inglés. Terminé a las 6 de la mañana. Mientras los demás bebían y hacían contactos (de todo tipo), yo me debatía con Jerzy Grotowski. Era noche de concierto, de milonga y de fiesta BAFICI. Táchenme los tres. Pero cine vi, al menos, por suerte.
Desde “Tren de Sombras”, que me atraen las propuestas de José Luis Guerín. Sus films toman puntos de vista, se arriesgan, buscan, indagan en su capacidad y posibilidad de ver el mundo y construirlo como un relato posible. Es algo así como un lugar corrido, fragmentario, para tratar de abarcar lo inabarcable; el relato, la memoria. En “Tren de Sombras”, pasaba por una eventual reconstrucción de una narración incompleta, partida, perdida. En “En Construcción”, el relato pasaba por la ciudad misma, que se narraba, a punto de desaparecer de una manera para reaparecer como otra; el proceso de reciclaje urbano como una suerte de refundación que pretendía, literalmente, acabar con lo viejo para introducir lo nuevo, más fashion, sin pobres a la vista, reubicados, mudados, transformados.
En el BAFICI se presentan “En la ciudad de Sylvia” y “Unas fotos de la ciudad de Sylvia”, una suerte de díptico. En “En la ciudad…”, un joven vuelve a una ciudad donde 6 años antes conoció a una chica de la cual se enamoró. Desafortunadamente, en aquel momento no hizo nada y no volvió a ver a la fémina en cuestión. Ahora retorna, intentando encontrarla. El asunto es que no sabe, a ciencia cierta, a quién busca. Entonces, intenta hallarla en cada mujer, donde descubre gestos, fragmentos, mohínes, sonrisas, curvas. Cada visión es fragmentaria, de encuadres partidos.
Lo único que este protagonista recuerda es que ella empezaba el conservatorio de artes dramáticas y que, con suerte, quizás la encuentre ahí, con lo que todos los días va y se sienta, pide varias cervezas, y espera. Mientras tanto, mira, escribe, dibuja. Como los films anteriores, el protagonista busca reconstruir lo perdido, sin saber si realmente habrá de lograrlo. En un momento dado, en uno de los tantos dibujos femeninos que deja sin rostros, genéricos casi, anota “Ellas”; todas tienen algo de Sylvia, todas pueden serlo.
Paralelamente, Guerín observa, a su vez, a su protagonista, al que inserta en otro relato, más grande, el de la propia ciudad que contiene a Sylvia. La cámara se detiene y, paciente, escucha. La ciudad es música, de gritos, de frenadas, de arranques, de pasos, de violines, etc. La ciudad, bella y terrible, inclusiva y exclusiva (de los pobres, de los inmigrantes) es el laberinto sensual donde se mueve el protagonista.
Después vi algunos cortometrajes, pero no me explayare sobre ellos en este momento. Algo de Pierre Hebert, otro tanto del mítico Danny Williams de la Factory de Andy Warhol.
Ayer vi “Up the Yangtze!”, de Yung Chang, un film canadiense sobre la construcción de una represa en China, con el enorme río Yangtze como protagonista. Alrededor de él, los sujetos humanos, como en “En Construcción”, de Guerín, o en “Construcción de una ciudad”, de Néstor Frenkel, que participa de la competición local, y de la cual hablaré en un siguiente post. El film entra en lo que usualmente se conoce como docudrama. Un proceso de registro extendido en el tiempo toma, en el momento del montaje, la forma de una narración, de esa manera ficcionalizando a los personajes, sin por eso convertirlos en una ficción. Una familia de lo más pobre debe enviar a su hija mayor a trabajar a los cruceros conocidos como “Cruceros de la Despedida”. ¿Por qué el nombre? Porque recorren el Yangtze, permitiendo a turistas de todo el mundo observar las transformaciones de la zona mientras la inundación se termina de completar. Es que, para habilitar la represa, toda un área es cubierta por el río, una ciudad entera incluida. La nueva urbe se construye enfrente, detrás de la represa.
Esta niña, que quisiera estudiar, debe ir a trabajar al crucero, porque la pobreza de su familia no permite otra cosa. Gracias que su educación media y su creciente dominio del inglés le permiten trabajar ahí. Sus padres, analfabetos en la tierra de la Revolución Cultural de Mao, deben conformarse con muchísimo menos.
Por otro lado, otro joven, de una familia mejor posicionada y con aspiraciones de crecimiento económico (formar parte de este corrimiento hacia el capitalismo que China viene experimentando desde hace años), también entra al crucero.
La narración sigue, de esta manera, a estos protagonistas, intercalando entrevistas con imágenes fuertemente significativas, como la secuencia inicial de la represa, que parece tomado de algún film de Ciencia Ficción apocalíptica.
Por momentos, el film juzga, no puede evitar hacerlo, y está bien, es una toma de posición frente al material que registra. El efecto general es de balance, un poco de esto, un poco de aquello, no todo bueno, no todo malo.
“Up the Yangtze!” tiene, sobre todo, un evidente trabajo muy fino previo, donde el director consiguió generar empatía y confianza con sus entrevistados, facilitando la conexión entre ellos y la cámara, para que pudieran abrirse de una manera que de otra forma hubiera sido imposible.
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