Wong Kar Wai finalmente cruza el océano y llega a Estados Unidos con “My blueberry nights”. Muchos directores del estilo de Wong han fallado en su intento. Uno que viene a la mente, con una poética donde podían también encontrarse obsesiones recurrentes, Kristof Kieslowski, jamás pudo hacerlo. En una conferencia dictada en Buenos Aires hace ya muchos años, el realizador polaco había dicho que las concesiones que Hollywood le pedía que hiciera no estaban dentro de las cuales él estaba dispuesto a ceder. O algo cambió, o Wong fue lo suficientemente hábil como para trasladarse, él y su forma de ver cinematográficamente la vida, a Hollywood.
Los films de Wong, sobre todo “2046”, habían llegado a cierto límite barroco. En “2046”, todo era un gran laberinto, donde Chow, el protagonista, se movía en busca de una salida que sólo encontraría dentro de él. El amor perdido de una mujer que nunca había llegado realmente a tener lo mostraba varado, girando en vacío. La repetición de situación, el reemplazo de una persona por otras que no pueden, lógicamente, reemplazarla. El miedo al cambio, la posibilidad o imposibilidad de pegar ese salto. Chow se daba cuenta que la única salida se encontraba, por más que suene como un cliché, dentro suyo. No importaba cuánto escapara, ni cuánto caminara. El viaje, para Chow, era interior.
En Occidente, sin embargo, los viajes interiores ocurren como viaje exterior. Lo que importa de un héroe no es si rescata a la princesa al final del camino, sino que recorra este camino, exponiéndose a ser modificado. Toda travesía es iniciática, y el mundo es tanto un reflejo del héroe como el héroe un reflejo del mundo.
Un café. Un llamado. Jeremy atiende. Una mujer, presumiblemente, pregunta por un hombre. Jeremy no sabe quién es. Otro llamado, la misma mujer. Ella lo describe. Sí, él estuvo ahí, con su novia. Liz entra. Liz y Jeremy, finalmente, se conocen.
Los encuentros fortuitos pero causales, esa cuestión sobre la que Wong vuelve una y otra vez. El amor que es antes o después de tiempo no es, y la angustia pasa por el desencuentro. Acá, sin embargo, Wong agrega otro detalle. No sabemos nada de la relación de Liz con su ex, sólo que se ha acabado, y que ella no puede salir de su 2046.
Liz deja las llaves para que su ex las recoja, pero nunca habrá de hacerlo. Ella volverá todas las noches, hasta que se vuelva una costumbre.
Movimiento y quietud. Liz se mueve compulsivamente, repitiendo un movimiento. Jeremy, el que “casualmente” estaba ahí, está quieto porque ya no puede moverse. Él ha elegido su lugar, su recorrido ya es interior. El de ella todavía está afuera, atado al del hombre que vive frente al café con su nueva novia. ¿Cómo cambiar? ¿Cómo aceptar el cambio? El “hasta que la muerte los separe” ya no existe. El ser humano es libre de vivir su emocionalidad y su sexualidad de la manera que mejor le parezca. Pero, eso también trae problemas y nuevos conflictos, elecciones. Él otro cambia, elige otro camino que no me incluye, ¿cómo seguir? En una permanente adaptación. Cada ser es un trayecto del camino, y no hay garantías de la extensión de esa distancia. Es donde “vivir el momento” no debe confundirse con correr desaforado en todas direcciones.
Jeremy está ahí. Liz no. Desencuentros, asincronismos. Liz comienza su viaje.
Wong se apoya esta vez sobre una road movie, un género clásico del cine de Hollywood. Pero lo hace a su manera, contraponiendo conceptos. Estabilidad y movimiento, no como variantes evidentes, sino como búsquedas. Viaje iniciático hacia cero.
Liz encuentra interlocutores. Jeremy, por su parte, termina su parte del viaje, la de la espera. Él es el que espera. Es como una rueda, donde él se ubica siempre en el canto en lugar de en el centro, él es por los demás. Tiene un café, vive para atender las necesidades de otros, alejando lo que implica mirarse a sí mismo y aceptarse o cambiarse.
Si hubiera filmado esto en Hong Kong, probablemente Wong hubiera terminado optando por un final más agridulce. Pero acá, se ve forzado a encontrar una síntesis. El cine occidental suele necesitar la síntesis, más aun cuando el amor está en juego, como si ese sentimiento fuera de lo poco que queda en lo que puede depositarse, no me gusta la palabra pero usémosla, algo de “esperanza”. El amor, entendido en su vertiente “sana y constructiva”, es una fuerza que empuja hacia delante, que crea la percepción en dos individualidades que, por un espacio de tiempo, no están solos, que es posible conectar. Un pesimista dirá que es una ilusión. Yo prefiero creer. Como, no tan en el fondo, también cree Wong, a pesar de la proliferación de relaciones conflictivas en sus films. El amor es algo extraño, indefinible, y sólo volviendo sobre él desde distintos puntos de vista es que el realizador se aproxima, se acerca, a lo que él cree que el amor puede ser.
Por eso acá el final es síntesis. Está escrito en el comienzo, cuando se da la casualidad que dos personas se encuentran. Una herida, partida, que se ve a sí misma como incompleta e irreparable porque ese otro la dejó, se fue, se acabó. El otro algo entregado, porque creyó y perdió, y porque, para poder sobrevivir, eligió encerrarse. Pero se encuentran, y eso es lo que marca la diferencia. Por eso Jeremy comenta, hablando sobre la cámara de vigilancia que todo lo espía, que muchas veces se sienta a ver los videos, como si fueran recuerdos, y que le impresiona cuánto ocurre a su alrededor sin que él se haya dado cuenta. Por eso Liz dice, frente a la opción siempre de endurecerse (porque el amor lastima), que prefiere seguir creyendo. Por eso, quizás, simplemente por eso, se encuentran.
Enlaces externos:
Sitio de Norah Jones, la protagonista de “My blueberry nights”

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