‘Mi nombre es Harvey Milk’, héroe local

La última película de Gus Van Sant comparte una cosa con la reciente ‘El Intercambio‘ de Clint Eastwood: ambas son historias reales, presuntamente aleccionadoras, que pretenden denunciar al sistema y retratar un triunfo individual que propicia un cierto ajusticiamiento colectivo y que funcionan de forma más sintética con el periodismo.
No me gustó nada la elección moral/estética de Eastwood para su relato, la consideré hueca y desagradable, demasiado deudora de lo real (algo que vemos en su estructura episódica, presuntamente documentalizada) como para ceñirse a los matices que debería proporcionar alguna ficción.
Ocurre lo contrario con Van Sant. Cineasta irregular, con un debut fresquísimo (‘Mala Noche’), una etapa de genuino culto (‘Mi Idaho Privado‘, ‘Drugstore Cowboy’) y un trasvase mainstream, como mínimo, indigesto. El remake de Psicosis, el fracaso comercial de la imposible ‘Even the cowgirls get the blues‘ o el naïf acercamiento a la figura del escritor recluso en ‘Descubriendo Forrester’, borran los relativos aciertos de su oscarizable/da ‘El indomable Will Hunting‘. Ahora Van Sant regresa a Hollywod, reconvertido en auteur, de nuevo, y no esquiva la irregularidad: ‘Elephant‘, ‘Gerry‘ y ‘Paranoid Park’ desvlean a un Van Sant sutil, arriesgado y con una poética aún con elementos de interés. ‘Last Days’ muestra el reverso de aquellas, con una pretenciosa y fácil historia adolescente revestida de un minimalismo más pobre y tosco de lo que pudiera parecer, casi empobreciendo logros anteriores en su repetición (desde los adolescentes como leit motivs de lo trágico hasta sus ya habituales planos del cielo en movimiento).
‘Mi nombre es Harvey Milk’ es, quizás, una de las mejores películas de su director. Sobrevivir lujosamente a un concepto como este es algo raro de encontrar, tal vez la última vez fuera la distinta y también muy humanista ‘Buenas noches y buena suerte‘. El concepto del biopic oscarizable, con estrella asegurando mímesis, es, generalmente, una excusa para prolongar ciertas necesidades de la Industria y sus premios que para hablar, de verdad, de iconos y sus contextos. Van Sant tiene clara su labor y es la de explicar la importancia de Milk en la política local, y como esta nimiedad ayudó ar omper tabúes. Por eso, el enemigo no es un actor, siempre sobreactuado ya sea por maquillaje o por gesticulación (caricatura cuando ambas se encuentran): son imágenes de archivo, como en la citada película de George Clooney. La película se prodiga en discursos y en manifestaciones, pero no esquiva el riesgo: el tratamiento de Dann White, interpretado por el siempre excelente Josh Brolin, no esquiva cierta complejidad interna y deja lugar al matiz, tan caro al maniqueísmo, la vida personal de Milk es un aspecto menor pero nunca trivial en la película, construyendo las escenas íntimas un pilar esencial de la película. Narrativamente es una confesión del protagonista a la pantalla, y dramáticamente es un hombre luchando contra su (a ratos impostada) autoimportancia ante sus parejas. También resulta digno que Van Sant acorte hasta el extremo la escena del suicidio del compañero sentimental de Milk y no de cancha lacrimógena a un contenido Penn.
Por supuesto, este alegato funciona por la riqueza de sus texturas. Desde las escenas amorosas, siempre pulidas en una intimidad, ya sea con luces, o con planos de detalles y movimientos lentos, sensibles, hasta la mezcla de informativos o momentos puramente de su autor. En especial destacan dos, en los que la tragedia queda siempre en off y se predice en reflejos. Ya sea en un llavero o en un trofeo, Van Sant consigue un par de metáforas que ayudan a evitar tentaciones con el manejo de su coherencia, algo muy delicado con el tipo de propuesta. Y el asesinato final, rodado como si se tratara de una escena más de Elephant, mezclando un una toma lateral, con un demoledor cambio al primer plano.
A todo esto se le suma el hecho de que Milk lo que hizo fue inventarse un lobby, gracias a su normalización y renunciar a una cierta estética gay. Todo esto, imágenes de archivo includias, estuvo también presente en ‘The Times of Harvey Milk‘, excelente documental dirigido por Rob Epstein y narrado por Havey Fierstein, que retrata también basculando entre cierto humor y cierto dramatismo los hechos de la película, desde el activismo al asesinato. Ambos son un retrato exacto del funcionamiento del poder y la política, casi meritorio porque no habla de grandes decisiones, sino de batallas microscópicas para garantizar el funcionamiento de una democracia liberal. El de Van Sant, gracia s sus habilidades como director, tiene más posibilidad de recorrido porque su libertad le permite una realización más juguetona, especialmente en los mitins, en los que juega con la perspectiva y les otorga una tensión mucho más ficticia que la de su precedente.
Cine humanista con riesgo múltiple, mucha sensibilidad, esquivando la convención y delatando a un cineasta que, todavía, no parece dispuesto a ser domesticado.
