Nacida en período de entreguerras y en el seno de un prolífico momento en la producción artística, Metrópolis fue creada en el año 1926 por el director Fritz Lang en conjunción con su esposa a quien pertenece el libro original. La obra plantea una temática algo similar a la que hallamos en el film Modern Times más hay aquí un espectro visual y conceptual ampliamente diferente, en gran parte relacionado a las formas expresionistas que adopta el realizador pero comienza con esta obra, a su vez, a superarlas.
El eje del film, fuertemente anclado en el ideario marxista, se sitúa en la distancia entre el proletariado, que debe emplear su fuerza de trabajo e incluso sacrificar su bienestar físico para cumplir una jornada laboral de diez horas, y la burguesía que destina su tiempo a los negocios y placeres con absoluta impunidad. Las jerarquías son en parte planteadas por medio de ademanes, forma y ritmo de la movilidad de ambos bloques, por medio de vestimentas, uniformes que conforman un personaje colectivo en el caso de los trabajadores y prendas finas, formales e incluso extravagantes en los adinerados, sino que también son llevadas a un plano de localización espacial. Así el ámbito de la dura labor, maquinarias gigantescas y viviendas homogéneas, se hallan en pisos subterráneos mientras que en los superiores encontramos colosales edificaciones con sus comodidades, centros donde reina el vicio y los placeres, y un bello jardín donde los jóvenes hijos de los pudientes juegan libremente y desarrollan sus aptitudes físicas, como si fuese esta una suerte de Atenas clásica. Allí vemos al protagonista, Freder (Gustav Fröhlich), un apuesto muchacho, hijo de la única gran figura de poder en la metrópolis, que se ve interrumpido en su ingenua diversión por María, una joven humilde (Brigitte Helm) que traspasa las compuertas del jardín y explica a los niños del lumpen, con quienes se halla, que esos que están allí son sus hermanos. El grupo es finalmente corrido pero la impresión que ella causa en Freder hace que éste, pronto, comience a buscarla por las partes bajas, donde se encontrará con la abominable maquinaria que su padre, Joh Fredersen (Alfred Abel) ha dispuesto. Tras observar el colapso de uno de los trabajadores ya sin fuerzas para continuar su trabajo acude pronto a aquél para comentar la situación y condiciones de trabajo de los operarios, pero su interés no se dirige a este sensible planteo sino a unos planos encontrados en el uniforme del difunto. Así mientras Freder resuelve solidarizarse con los obreros y trabajar a la par, el magnate recurre a un viejo conocido y siniestro inventor, Rotwang (Rudolf Klein-Rogge), para ayudarle a discernir el espacio al que el plano se refiere. La ilustración responde a las catacumbas subterráneas, hacia donde entonces se dirigirán ambos. Y es allí, en una suerte de atrio erigido en las profundidades, que se halla María contando a los trabajadores reunidos la historia de la torre de Babel y pidiendo, con una paz celestial, colaboración y esperanza pues el mediador pronto habrá de llegar. Casualmente éste ya estaba allí, Freder bajo los atavíos de un proletario, se compromete con la causa mas su padre, que ha escondidas ha presenciado toda la ceremonia, pretenderá obstaculizarla. Para ello recurrirá a un “ser-máquina” inventado por Rotwang, al que diseñarán con las facciones de la muchacha para actuar inmoralmente y lograr, con ello, un distanciamiento entre ésta y sus protegidos de manera tal que las intenciones de disolver las jerarquías se vieran sofocadas a falta de un líder. Sin embargo el creador ha desoído los propositos del magnate pues pretenderá con el robot vengar la muerte de Hel, antigua mujer de Fredersen, con quien parece haber tenido una relación oculta. Es así que la habrá de programar para arengar a los trabajadores a una última lucha revolucionaria que acabe con las oscuras máquinas y, con ello, el poderío concentrado en su persona.
Desde el conflicto de fuerzas entre Freder y María, principalmente, que pretenden revertir la influencia nefasta del ser-máquina comienza a plantearse el desenlace del film.

Al comienzo del artículo hablábamos de afiliación a la estética expresionista. La misma tiene por film emblemático El Gabinete del Dr. Caligari, obra de 1919 con la dirección de Robert Wiene, pues presentará ciertas características que habrán de verse en obras posteriores. El caligarismo, según el autor Antonio Cota en su obra Saber ver el cine será “un estilo basado en escenografías y métodos de interpretación de raíces teatrales y pictóricas que acabe presentando una visión deformada de situaciones y ambientes en consonancia con los temas, que incluyen personajes decididamente patológicos y a veces fuertemente emblemáticos”. En el caso de Metrópolis es indudable que el trabajo escenográfico posee una raigambre en la formación en arquitectura y artes visuales del director. Es interesante mencionar no solo el carácter original y complejo de las estructuras pertenecientes a los espacios urbanos y de trabajo sino tambien la conjugación con modelos de edificaciones y estilos diferentes, como sucede con el laboratorio de Rotwang, una suerte de referencia al medioevo o el antro de los poderosos, denominado Yoshiwara, que alude a las formas orientales concebidas como lo exótico, desconocido y por ello ligado al pecado.
En cuanto a los métodos de interpretación hallamos en esta obra una expresión sobredimensionada de los estados que mucho difieren de las representaciones realistas a las que estamos acostumbrados, y son enfatizados por maquillajes que acentúan ciertas facciones o expresiones, como es claro en el caso del padre de Freder.
El uso de la luz es un recurso esencial pues no solo es empleado para darle cierto protagonismo en la acción o en la composición visual de la imagen, sino que también colabora en la progresión dramática enfatizando u ocultando ciertas expresiones.
En cuanto a la mención de Costa sobre personajes emblemáticos es claro que el Ser-robot es uno de ellos no solo por su vínculo con tiempos futuros sino por su sentido fundamental en la búsqueda de suplantar las falencias y limitaciones del individuo, y sobre todo el trabajador, con el empleo de la máquina.
Recomiendo profundizar sobre el análisis del expresionismo alemán y sus diversos ejemplares en el trabajo de Martín Matus publicado en el sitio de investigación cultural Temakel y, sin dudas, ver esta pieza de gran valor artístico e ideológico.


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