Directores, Drama

“21 Gramos”: Vivir, a pesar de todo

Por kappuz95, en 1 de Abril de 2008

21 Gramos“Amores Perros” lo hizo saltar a la fama y “Babel” a los premios de la industria de Hollywood. En el medio, algo perdida, quedó “21 gramos”, el segundo opus de Alejandro González Iñárritu.

21 gramos son los que pierde el cuerpo al morir. Iñárritu propone que es el peso del alma, algo tan liviano y frágil que, sin embargo, en vida nos alimenta o nos pesa, según las circunstancias y las vidas de cada uno.

Una mujer pierde a su esposo e hijas en un accidente de tránsito. Otro hombre consigue vivir gracias al corazón de aquel otro que muere. Un tercer hombre, responsable de haber desencadenado los hechos, carga con el peso de la conciencia, de saber, de tener la certeza que ha cambiado el mundo de todos los involucrados de manera trágica y no hay vuelta atrás. ¿Cómo se vive con eso?

Iñárritu hace que estos personajes se crucen, atados por su propio relato. Esto estaba presene en “Amores Perros”, y habrá de llevarlo al extremo en “Babel”. El director persigue compulsivamente las causalidades que unen a los seres humanos, y como estos encuentros o choques, a su vez, los modifican. Detrás de lo místico del realizador mexicano, hay una fascinación por cómo los hombres, pese a permanentemente querer separarse, diferenciarse, están enlazados, unidos.

La vida de seis personas que nunca se han conocido terminará conectada por una de esas vueltas extrañas y bizarras que da el destino. Porque Alejandro González Iñárritu parece tener una obsesión con historias generadas por cierto determinismo, el “por algo pasó”, el designio oculto que es la motivación inherente de nuestras acciones. La mujer que lo ha perdido todo habrá de encontrarse con el hombre que ha recibido lo que no sabe si merece, y el tercer hombre, el nexo de todo, actuará como principio y fin. Hay algo de fatalidad en las relaciones que plantea Iñárritu, como si a sus personajes les estuviera prohibido amar; es una visión algo amarga del mundo, a primera vista.


Nuestras historias personales son también como el montaje confuso, que alterna lugares y tiempos, fragmentos hacia delante y hacia atrás de la narración, del comienzo del film. Todo acontecimiento extremo suele ser caótico en el primer momento y sólo con el tiempo va cobrando forma y coherencia. Eso mismo parece querer transmitir el montaje que el director utiliza a lo largo de la película; todo está relacionado con todo, pero la única manera de entender esto es destruyendo la linealidad de la narración para que tome forma en la mente del espectador. Como un narrador desesperado que va contando su historia de a pedazos, intercalando fragmentos de diferentes tiempos a medida que los va recordando.

21 GramosLa textura rugosa de la imagen, áspera, es también la textura del film. No hay caminos suaves ni ligeros en “21 gramos”, y todo está teñido de un azulino clima de melancolía resaltado por el dramatismo del fuerte contraste que impera en la imagen. Los fuertes contrastes responden al punto de vista de los personajes, que no pueden encontrar balance, dañándose una y otra vez como si fuera aquello que les demuestra que están vivos. Los colores fríos responden a lo mismo. Incluso en las escenas donde los cuerpos se encuentran, donde hay sexo, no hay ternura, apenas una angustia compartida, la necesidad de una catarsis que, en realidad, tampoco alivia, porque el problema está en las cicatrices de esos 21 gramos que no terminan de sanar.

El universo sonoro está compuesto por la cotidianidad transformada en ruido que agrede. Cada sonido invade, no da tregua, es hiriente, y los momentos de silencio son exiguos sirviendo para resaltar por contraste esa presencia que lastima. Los cuerpos también son duros, ajenos uno al otro y el acercarse no logra nunca atravesar la coraza o acercar las distancias; en lugar de tocarse, de sentirse, se estrellan, golpean, arañan. Todos se mueven y chocan movidos por una necesidad que no logran explicar, como piezas en un tablero que no terminan de entender, lo que aumenta su sufrimiento. Necesitan volver a vivir, pero no saben cómo, están averiados sin entender cómo repararse; ante la duda, parecen elegir la muerte, dirigirse hacia ella, porque al menos eso parece otorgar algún sentido a lo que hacen.

Hay una especie de fábula moralizadora detrás de toda la trama, en la cual cada uno obtiene aquello que merece. Como la fábula de Job en el Antiguo Testamento, se obtiene la redención a base de sufrir los tormentos más terribles, en los cuales la Fé es puesta a prueba de la forma más tortuosa. Los protagonistas se ven obligados a tomar responsabilidad por sus propias acciones como única forma de redención y de seguir adelante. Sólo cuando han podido atravesar el camino lleno de espinas y carbones ardientes, pueden volver a vivir, a soñar. Y este es el aspecto más místico de Iñárritu: no hay finales felices sin trabajo arduo, sufrido a veces – o muchas veces -.

“21 gramos” es el producto de una mezcla bastante particular de melodrama mexicano a la Ripstein con el cine negro norteamericano. De todos modos, Iñárritu, como mostrara en “Babel”, podría denominarse como un descreído esperanzado. Como en la película multipremiada, acá el realizador sigue confiado en que, al final del camino, esos 21 gramos tienen arreglo, son (no ilimitadamente) plásticos, y que el instinto de vida es, a pesar de todo, más fuerte que el de la muerte; lo que lo maravilla, podría decirse, es que nunca puede terminar de explicar por qué.

Enlaces externos:

Entrevista a Alejandro González Iñárritu
Otra entrevista
Y una más

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