Terry Gilliam hace mucho que quería realizar un film sobre el mítico personaje, basado originalmente en un ser de carne y hueso que se hizo famoso por exagerar sus relatos. El Barón Munchausen habría finalmente de tener su segunda versión fílmica. Su primera versión, para seguir la coherente línea de problemas que la producción de “Las Aventuras del Barón Munchausen” tuvo, habría de convertirse en un obstáculo más.
Cuando Columbia-Tristar optó por Gilliam como director, lo hacía apoyándose en la reputación que el inglés había desarrollado tanto en sus trabajos con Monty Python como en aquellos en los cuales había sido el principal responsable, como “Brazil” o “Time Bandits”. Esta fama decía que Gilliam era capaz de enormes proezas creativas con un presupuesto limitado, cuando no escueto. Los ´80s habían dado numerosos films del género fantástico o maravilloso (“Leyenda”, de Ridley Scott, “Laberinto” – inicialmente un fracaso económico, para luego volverse un film de culto -, de Jim Henson – pero con la participación en el guión de Terry Jones, el otro Python original -, etc.) y “Las Aventuras…” estaba llamado a ser un poblador más del panteón.
A partir de Munchausen, la reputación de Gilliam en los estudios habría de modificarse drásticamente. Lo cierto es que nunca más volvió a excederse de presupuesto en la misma manera y que sus problemas con los estudios han sido, principalmente, a nivel creativo (como ocurrió también con “Los Hermanos Grimm” – 2005 -). En Munchausen, el presupuesto original era de 25 millones de dólares, una cifra que, de todos modos, para la época era grande. Esta habría de inflarse para alcanzar los 45 millones de dólares, lo que motivaría la intervención judicial del film y que la compañía aseguradora (Film Finances) reclamara a Gilliam cortes drásticos para permitirle terminar lo que había empezado. Es que, además, el propio Gilliam estaba entrampado, porque Columbia, ante el pedido de la aseguradora de cambiar el director, decía que había pagado por una película Gilliam y eso era lo que quería recibir.
Ya todo había comenzado con el pie izquierdo, incluso antes de la intervención de Film Finances.
El rodaje se había iniciado en 1987, en los estudios Cinecittá, en Roma. Primer problema: hacía tanto calor en Roma, que era imposible rodar de día, sólo era aceptable hacerlo de noche. Cuando la producción se trasladó luego a Almería (locación española protagonista de rodajes varios y homenajeada por Alex de la Iglesia en “800 Balas”), el elenco y el equipo técnico y artístico llegó, pero no el vestuario; otra demora. Estando en Belchite, cerca de Zaragoza, fue que Gilliam se enteró de la intervención de Film Finances y de los serios problemas que el film estaba enfrentando, como ser su suspensión definitiva.
En el ínterin, Allan Buckhantz, propietario de los derechos del guión de aquel primer film de 1943, inició una demanda, esgrimiendo que se había utilizado su propiedad sin permiso y sin pagar. Gilliam, por su parte, explicaría que su guión estaba basado en los relatos originales, ya de dominio público, pero, no obstante, esta situación se convirtió en una más de tantas tensionantes otras.
A todo esto, en Italia se había promocionado la llegada de la producción como la más importante desde “Cleopatra”, lo que, según dicen, impactó en el sentido no sólo de las expectativas, sino también en el aumento de los precios locales para todo lo que tuviera que ver con “Las Aventuras…”
En una entrevista posterior, Gilliam habría de contar como John Neville, el protagonista, un respetado actor británico, habría de pasar diariamente por interminables sesiones de maquillaje sólo para terminar sentado el resto de la jornada. El caos del rodaje, las constantes peleas entre el director y su productor, Thomas Schuhly, los problemas de comunicación por el idioma con el equipo técnico, demoraban y modificaban a tal punto las agendas diarias, que no era inusual que no llegaran a las escenas de Neville. Gilliam, en esta entrevista, habría de reconocer “Ya no sé que más decirle, porque no hay justificación”.
Entre otros problemas, Sean Connery renunció cuando su personaje, el rey de la Luna, sufrió cortes. Como veloz reemplazo se eligió a Robin Williams, quien, de todos modos, aceptó siempre y cuando no se utilizara su participación durante la promoción de la película.
Luego de las profundas modificaciones al guión (que siguió teniendo que hacer), el realizador pudo reanudar la producción. Pero no todo terminaba ahí.
Finalizada la película, ocurrió un cambio de jerarcas en Columbia-Tristar, y Gilliam habría posteriormente de acusar a la presidenta entrante, Dawn Steel – primera mujer en convertirse en CEO de un importante estudio de Hollywood -, de sepultar su obra. Las autoridades entrantes, aparentemente, no querían dejar que un producto encargado por los mandamases salientes resultara altamente exitoso.
¿Qué significaba esto? En la práctica, fue que muy pocas copias fueron distribuidas, sobre todo en los Estados Unidos. En los lugares donde fue estrenada tuvo éxito, pero la escasa y pobre distribución generó que fuera un desastre económico que, además, habría de marcar la imagen de Gilliam como alguien seriamente problemático. Retroactivamente, sin embargo, “Las Aventuras del Barón Munchausen” se transformó en un film de culto, conformando con “Brazil” y “Time Bandits”, una suerte de trilogía (la niñez, la adultez, la vejez, y en todas, su relación con la imaginación, tema sobre el cual, salvo en “12 Monos”, Gilliam volvería una y otra vez).
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