Broken Blossoms es una bella joya silente de 1919 dirigida por director norteamericano David W. Griffith. En ella podemos encontrar, como así también en parte de sus obras anteriores, A corner in wheat (1909) y The birth of a nation (1915) principalmente, algunos de los elementos que darían paso posteriormente al cine narrativo y, particularmente, al llamado modo institucional correspondiente a la cinematografía clásica estadounidense.
El film nos sitúa a su comienzo, por medio de rótulos, en un puerto en China donde se nos presentará al protagonista, el Hombre amarillo (Richard Barthelmess), un joven muchacho que se halla a punto de partir hacia tierras anglosajonas con el objeto de impartir su mensaje de paz y las enseñanzas de Buda. Pronto lo veremos asentado y a cargo de un local en el distrito de Limehouse, Londres, con sus “juveniles anhelos hechos pedazos contra la sórdida realidad de la vida”. Las duras calles transita en su trayecto desde el local de encuentro de la comunidad oriental y su negocio sin hallar lugar de pertenencia alguno. Simultáneamente se nos presentará a la pequeña quinceañera Lucy Burrows (Lilian Gish), hija del tosco boxeador Battling Burrows (Donald Crisp). Un rótulo nos anunciará su manager allí presente luego de una última victoria en el ring, se queja sobre sus problemas con el control de su ira por su consumo de alcohol e intolerancia con las mujeres lo que pronto veremos evidenciado en el trato con su propia niña cuyo “pequeño y amoratado cuerpo, cuando no es utilizado como bolsa de entrenamiento por su padre, para aliviar sus necesidades, se arrastra por el muelle de Limehouse”.
Es en uno de sus frecuentes recorridos por el centro en que se produce una inicial convergencia entre ambas historias; Lucy se halla de compras y pronto se aproxima a la vidriera del local del Hombre amarillo donde se halla una bella muñeca. Al levantar su vista cruza miradas con el joven oriental quien, se nos aclara anteriormente, la observa frecuentemente pues llama a su atención la belleza de la pequeña. Pronto la veremos siendo por él rescatada al hallarse a la merced de un sospechoso oriental que pretende aprovecharse de ella al verla sin el efectivo suficiente para comprar comestibles. Pero no es sino hasta que, luego de una injustificada golpiza, cae abatida al suelo de su local cuando se produce un acercamiento concreto. Nuestro hombre amarillo, gentil, se acerca a ella al despertar y luego de un fallido acercamiento, prepara su habitación para que en ella se acomode la atormentada joven que comienza ya a sentirse a gusto con el cálido recibimiento.
Veremos que el protagonista comienza a sentir un fuerte aprecio por la niña, evidenciado por poéticos rótulos, agasajos, suaves caricias e incluso un cariñoso apodo: Pimpollo blanco. Todo ello se desarrolla hasta que ingresa al local un amigo del salvaje Burrows que, al escuchar un ruido en el piso superior, donde ella se encuentra, sube las escaleras y, escondido, halla a la hija de su compañero. Mientras éste se dirige a su encuentro para contarle la situación, el hombre amarillo obsequia a Lucy aquella muñeca que anhelaba. Pronto le veremos salir del local para comprar a la muchacha un ramo de flores y es entonces cuando, luego de su pelea el boxeador ingresa al negocio, recoge violentamente a su hija y la lleva a su hogar, donde poco después le maltrata y golpea brutalmente. El protagonista, que ya ha recibido la noticia se aproxima, veloz, a su rescate y de ello deviene el fragmento final del film.
Griffith nos plantea aquí, a diferencia de obras de otros cineastas anteriores como los Lumiere, Méliès o los autores de la escuela de Brighton, una narrativa con conclusión en absoluto ingenua, como también sucede con A corner in wheat, por ejemplo, donde si bien finalmente muere el capitalista que pretende su propio rédito, el campesino continua con su vida mísera. También hallamos, indudablemente, un fuerte armazón melodramático, propio del modelo posterior como así también la aquí presente caracterización psicológica de los personajes, que es acompañado por una gestualidad claramente exagerada pero sin ambigüedades y que permiten al espectador una identificación o al menos una afección emotiva. Hay también aquí una existencia concreta de protagonistas, antagonistas, ayudantes y elementos de oposición que permiten un claro modelo de fuerzas dramáticas.
El montaje, por su parte, es sin dudas elaborado pues estructura exitosamente una serie de acontecimientos en forma cronológica y, en múltiples casos, simultánea con ayuda de conectores como el fundido y fundido encadenado que denotan un uso conciente que atribuye a estos recursos un sentido de transición temporal específica. Asimismo empleó diversos tipos de planos (primer plano, plano de situación, por ejemplo) con un sentido premeditado.
Muchos de los artilugios técnicos que Griffith utilizó en sus films eran ya existentes en la historia cinematográfica que, por cierto, no tenia larga data para entonces pues su origen se remite a fines del siglo XIX, pero sí fue obra propia su uso con el fin de integrarlos en la sintaxis narrativa y lograr efectos dramáticos.
La pieza del director, por tanto, nos propone una bella historia que, si bien puede parecer poco atractiva para el espectador acostumbrado a las medidas actuaciones del cine actual, debe ser concebida teniendo en consideración su carácter de pionera, junto a otras obras de Griffith, de la producción cinematográfica y uno de los pilares del cine actual.

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