La locura tiene dos rostros, anecdotario Kinski-Herzog (1º Parte)
Por A. Loust, el 10 de Marzo de 2008
Klaus Kinski y Werner Herzog, actor y director alemanes, siempre tuvieron una relación, cuando menos, digamos, extraña, bizarra, violenta, grotesca, o todo eso junto combinado como un cocktail de esos que a la mañana siguiente siguen bailando en la cabeza.
Entre las anécdotas que pueblan la historia de esta dupla, hay dos que son algo así como paradigmáticas. En ambos casos, el ser que, al hablar en público, aparecía como un hombre educado, afable, carismático, se transformaba en una suerte de Demonio de Tazmania, arrasando con todo lo que hubiera a su paso. Kinski tenía su Jekyll y también su Hyde, y nadie sabía bien cuando Hyde se haría presente en toda su furia monstruosa.
Durante el rodaje de “Aguirre, la ira de Dios”, el relato sobre la epopeya del lunático Lope de Aguirre, que había llegado con Gonzalo Pizarro, en su búsqueda fanática de El Dorado, la supuesta ciudad hecho de oro que jamás existió realmente, las cosas se volvieron por momentos extremas. Así como el Lope de Aguirre de Herzog se perdía en una ambición demencial aniquilando todo a su alrededor, el rubio actor del gesto alterado que lo interpretaba casi hace lo propio con sus compañeros de trabajo.
Es sabido que los rodajes de Herzog se convierten en relatos épicos en sí mismos, por sus complicaciones, por su extensión, por los conflictos con sus actores, las autoridades, el entorno o lo que sea que pueda ocurrir. En el caso de “Aguirre…”, por ejemplo, ya de por sí el largo plano secuencia que sigue la caminata de los conquistadores españoles por la selva (filmado en el Camino del Inca que sube hasta Macchu Picchu) se volvió una odisea. Herzog hizo que los actores vistieran réplicas exactas de armaduras originales, con lo cual cada soldado cargaba varios kilos de metal encima, subiendo por una pendiente empinada. Pero, por supuesto, la nota la dio Kinski.
Más allá de que en su diario del film se queja, vitupera, llora, insulta, maldice, Kinski llevó esta violencia interna a una explosión física. En una escena, Lope enloquece y empieza a sacudir su espada en el aire frente a la inminente traición de quienes lo siguen. Justo González era el chofer y guía de Herzog en Perú, quien le había ofrecido trabajar en la película. En esa escena, González sigue suponiendo que Kinski habrá de bajar la espada, así que, mitad esperando, mitad aterrado, se queda en el lugar. Kinski, en cambio hizo silbar el aire en dirección al guía / extra, impactando en su casco, que quedó abollado. La herida de González fue severa: le hundió el cráneo y le dejó una cicatriz profunda. En semejantes circunstancias, uno supondría que hubiera habido algún tipo de reparo en Kinski, pero no, ninguna, ya que ni siquiera se disculpó.
También es mencionada la anécdota en la que Kinski, molesto con los ruidos que lo rodeaban, disparó tres veces en dirección de dichos sonidos, arrancándole con uno de los disparos un pedazo de dedo a uno de los extras.
En “Fitzcarraldo”, en cambio, fue el propio Kinski el que casi sufre las consecuencias de su endemoniado carácter. La historia era la de un aventurero (Brian Fitzgerald, conocido como Fitzcarraldo en Perú – inspirado en el personaje real Carlos Fermín Fitzcarrald) que buscaba un paso entre un río (Pachitea) y otro (Ucayali), con la finalidad última de acceder a una parcela rica en caucho, lo que le permitirá venderlo y juntar el dinero para construir un teatro de ópera en Iquitos. Para cruzar de río a río, el aventurero arrastraba el barco por una colina que conectaba los dos lechos. Pero la anécdota de esta proeza (la real que hizo posible la ficticia) es parte de otra anécdota. Filmada otra vez en la selva, implicó pasar mucho tiempo en la jungla peruana junto a miembros de una tribu que participaban del rodaje.
La experiencia, para Herzog, fue traumática. Invadido por el espíritu que lo rodeaba, el de la vegetación sin límite aparente, el del calor y la humedad, llegó a decir “La naturaleza, la jungla, no es bella, sino terrible”. En medio de semejante experiencia mística, los arranques de Kinski hicieron mella en los aborígenes locales, quienes se acercaron diplomáticamente a Herzog en una interrupción de la filmación para hacerle una oferta más que tentadora.
Aquel actor de mal carácter estaba poseído por el demonio, o era, cuando menos, un ser malvado, que hacía sufrir a quienes lo acompañaban. El maltrato ya no era soportado entre los indígenas, así que el cacique le ofreció a Herzog hacerse cargo del problema. Él no tenía más que dar una señal, y no habría más Kinski de qué preocuparse.
Durante el rodaje de la siguiente escena, Fitzcarraldo está comiendo, rodeado de la tribu. Pero Kinski se da cuenta que algo no anda bien. Dubitativo, come, pero en su rostro se dibuja el temor de que lo que está tomando esté envenenado. No pasa nada, mas el actor sigue incómodo ante la mirada fija y dura de los que lo rodean. Detrás de la cámara, ni un gesto que denuncie que hay algo fuera de lugar. El corte final será una muestra de gran tensión y dramatismo, que parece producto de una brillante puesta y una lograda interpretación. Herzog mismo dirá que utilizó los sentimientos que los aborígenes habían desarrollado hacia Kinski para potenciar la escena. La realidad es que, en esos largos segundos, si Herzog hubiera movido un dedo, muy probablemente el cacique hubiera pasado a uno de los mejores exponentes de la actuación expresionista a degüello.
Si bien en esta ocasión, el protagonista de las anécdotas (dos de ellas) es el más visible, o sea Klaus Kinski, él y Werner Herzog son, si uno se detiene a mirar, algo así como las dos mitades de una misma persona. O, dicho de otra manera, una misma persona escindida en dos fragmentos. El odio que se tenían era tan grande como su mutua admiración (aunque Kinski jamás lo admitiera), y la violencia expresa del primero era, muy probablemente, la exteriorización de la reprimida por el otro, así como el misticismo hermético de este era la otra cara de la barbarie superficial de aquel.
Enlaces externos:
Carta de Lope de Aguirre al rey Felipe Segundo
Lope de Aguirre, la ira de Dios
Wener Herzog descripto por Klaus Kinski
El presente artículo está basado, en gran medida, en el documental “Mi enemigo íntimo”, de Werner Herzog