Dirigido en 1983 por el ícono cinematográfico Woody Allen, Zelig propone una suerte de relato documental enteramente ficcional que aborda, como es su usual estilo, cuestiones profundas como la identidad y las psicopatologías desde una perspectiva
cómica compleja.
La estructura del film se verá unificada por la voz de un narrador masculino que relatará la historia del personaje protagonista y dará paso, frecuentemente, a variados testimonios tanto contemporáneos a su período de fama como así también correspondientes al tiempo de realización del pseudodocumental, entre éstos cabe destacar la aparición de la reconocida ensayista Susan Sontag y el analista político Irving Howe. Para aumentar la veracidad de la información se recurre, asimismo, a fuentes de variados medios: fotografías, grabaciones, films caseros, productos comerciales, etc.
La historia se aborda, inicialmente, desde los escritos del novelista Scott Fitzgerald que, con el fin de realizar una crónica de la década de 1920, próxima a acabarse, alude a un individuo llamado Leonard Zelig (Allen) que parecía tener la habilidad, en las fiestas de la alta sociedad, de encarnar a un personaje aristócrata para luego simular una personalidad en absoluto diferente e indistinguible al hallarse junto a los cocineros del evento. Posteriores ejemplos servirán para demostrar la capacidad del protagonista de asemejarse física y gestualmente a las personas junto a las que se halla: así le veremos adoptar la conducta de un matón en una reunión de gangsters, y luego, al hallarse junto a la banda, adquirir el comportamiento y apariencia de un trompetista negro de jazz. Zelig finalmente es llevado al hospital para su investigación donde la Dra. Eudora Fletcher (Mia Farrow), fascinada por su ingreso, requiere a las autoridades del hospital le permitan hacerse cargo del nuevo paciente. Durante las primeras sesiones el protagonista afirma convincentemente ser un psiquiatra especializado en paranoias, razón por la cual Fletcher arregla una serie de experimentos exponiéndolo a diversos personajes cuyos rasgos finalmente adopta. Es la hipnosis el método que permitirá aproximarse a una posible razón pues es aquí cuando Zelig comenta haber iniciado su hábito luego de dos ocasiones en que sintió hallarse a la merced del juicio ajeno, sería entonces el asemejarse a los demás un método para sentirse seguro e integrado.
Para entonces la sagacidad comercial americana había hecho de él un éxito de mercado, la prensa seguía de cerca los movimientos de su fenómeno estrella que para entonces continuaba su tratamiento en la casa de campo de la Dra. a cargo. Allí Fletcher, luego de continuas frustraciones con su paciente, recurre a la exposición de la situación traumática de Zelig como propia, logrando prometedores avances. Así en estado de trance será reestructurado y en estado conciente recibirá afecto y valoración para lograr establecerse como individuo independiente, lo cual finalmente logrará.
La resolución de la obra se produce con algunos giros inesperados pero, finalmente, a favor de nuestro protagonista.
La temática del film resulta interesante pues plantea cómicamente una cuestión profunda que es la idea de la identidad individual y grupal ligada a esta imperiosa necesidad de inclusión. Erich Fromm, integrante de la célebre Escuela de Frankfurt, alude a esta cuestión en su obra El arte de amar: “(…) en la sociedad occidental contemporánea la unión con el grupo es la forma predominante de superar el estado de separación. Se trata de una unión en la que el ser individual desaparece en gran medida y cuya finalidad es la pertenencia al rebaño. Si soy como todos los demás, si no tengo sentimientos o pensamientos que me hagan diferente, si me adapto a las costumbres (…) estoy salvado; salvado de la temible experiencia de la soledad”.
Así pues en un mundo industrializado, donde el mercado se encarga de cuantificar y homogeneizar, lo diferente es un estorbo, en términos comerciales y productivos la individualidad no es rentable de manera tal que son estas premisas las que se instauran en el funcionamiento, en la dinámica social. No resulta entonces tan incomprensible la patología de nuestro Zelig que, para peor, se halla en Estados Unidos durante un período de esplendor económico donde los medios operan rápidamente instaurando líneas de opinión generalizada y promoviendo objetos de consumo.
Todos tenemos, indubitablemente, cierta proporción de semejanza a este “conformista máximo”, como atinadamente nombra uno de los entrevistados, y posiblemente este film sea, para quienes pueden comprenderlo como tal, una aproximación a esa idea del arte como instancia liberadora y generadora de conciencia, como solía referirse el filósofo Walter Benjamin al hablar sobre films como El gran dictador de Charles Chaplin.
En términos meramente técnicos la obra se aseguró una fuerte veracidad con el empleo de recursos como la intervención directa sobre la película para lograr un efecto de añejamiento de la imagen, la inserción del actor-director en el material original por medio de la utilización de la tecnología de la pantalla azul y, entre otros, el uso de cámaras y lentes propios del período aludido. El uso de prestigiosos personajes entrevistados contribuyó asimismo a la verosimilitud de esta obra que llegó a amplias recaudaciones de taquilla luego de su estreno.
Así es que el film constituye una joya desde el plano de producción como así también en su ideación, presentando una situación verídica con un cierto distanciamiento temporal y traducido al maravilloso lenguaje humorístico de Woody Allen haciendo a la problemática del protagonista accesible.



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