Clásicos, Directores

Umberto D.

Por Laura M., en 5 de Julio de 2008

Sin dudas, una de las obras más maravillosas de la oscura Italia de posguerra es Umberto D., producida con la dirección de Vittorio de Sica, quien para entonces ya habría realizado sobresalientes piezas como Sciuscià (1946) y Ladri de biciclette (1948), junto con la colaboración de Cesare Zavattini en la creación del guión. En este film la implacable búsqueda de representación realista del los vestigios socioeconómicos y políticos del país tras la Guerra manifiesta los severos condicionantes en la historia del entrañable protagonista, un ya exhausto jubilado romano que en compañía de su inseparable perro debe de sortear las ineludibles afrentas con un mísero sostén proveniente del decadente Estado. Así, en una narración digna de profunda conmiseración sin la recurrencia a burdos sentimentalismos, se desarrolla un breve período en la vida de un individuo que, si bien ficcional, pudo haber sido en verdad gestado por las hostiles condiciones de la devastada nación.

El comienzo del film nos muestra una humilde manifestación donde un grupo de pensionados, entre los que se halla el personaje principal, Umberto Domenico Ferrari (Carlo Battisti), se encuentra reunido con el objeto de obtener un mínimo aumento a las paupérrimas jubilaciones que resultan ya insuficientes para los gastos básicos. La súbita interrupción de la fuerza policial hará que los ancianos rápidamente se dispersen. El protagonista, afligido, toma a su fiel perro Flike y se dirige a la precaria habitación que renta en un gran edificio mas a su llegada debe confrontar a la impasible propietaria (Lina Gennari) que le intima para que efectúe el pago de aquel mes pues de lo contrario habría de echarlo. La creciente suma, hasta entonces quince mil liras, sería imposible de recaudar dado el acotado presupuesto de Umberto que resuelve, en una medida poco placentera, vender parte de sus apreciadas pertenencias personales, entre ellas libros y su reloj, con el objeto de arribar al menos a la mitad del monto. Mas en el extenuante trajín el protagonista comienza a sentir un agotamiento que, conjuntamente con su intención de evadir el pago de la renta, hará que llame a un servicio de emergencias que lo lleve al hospital y le atienda.

El período de su estadía es corto si bien intenta fingir enfermedad, por consejo de un compañero de habitación. Es así que pronto es enviado de regreso a su hogar para pronto hallar no solo una inesperada remodelación de su cuarto con el fin de albergar, próximamente, al prometido de la dueña sino a la vez la desaparición de su mascota. Por estas razones inmediatamente se dirige a ella y, luego de una acalorada discusión, la propietaria resuelve no renovarle el contrato esperando, asimismo, que desaloje la habitación a la mañana siguiente. Desahuciado, camina por las calles de Roma ya en compañía de Flike considerando la posibilidad de pedir prestado algo de dinero a sus conocidos mas obtendrá de ellos solo excusas. Mendigar sería una última opción para el protagonista, de modo que con gran timidez se aproxima a las columnas de un gran panteón donde, en una significativa secuencia, se debate pedir cambio a los transeúntes o mantener lo que cree es su dignidad. Veremos esa fundamental indecisión en el desasosiego de su rostro y en su mano que, con gran esfuerzo puede mantenerse abierta y extendida. Finalmente, resuelve el asunto escondiéndose tras los pilares mientras su perro con un sombrero en su boca se mantiene quieto a la espera de donaciones.Desde aquí comienza a plantearse el desenlace de film que en verdad profundiza en la situación de nuestro personaje principal ahondando en sus valores y el gran aprecio por su pequeño compañero que habrá de ser fundamental para la resolución de la obra. Sin embargo, como es usual en el neorrealismo, las historias no arriban a un final concluyente y, aun menos, satisfactorio para los personajes o para el espectador sino que proponen una instancia abierta que mantiene la atención del público para dirigirla a la reflexión sobre la opresiva situación del protagonista afectado, como tantos otros en el género, en su condición humana y obligado a proveerse el sustento garantizado, en ocasiones, en la traición a la propia moral.

La poderosa historia es así enfatizada mediante un maravilloso relato cuasi documental que ha recurrido, para la interpretación de varios de sus personajes, a actores no profesionales que habrían de conferir cierta naturalidad al trabajo. Por su parte, la figura del pequeño Flike resulta esencial en el film en tanto es posiblemente el único elemento que otorga al apesadumbrado Umberto razones definidas para resguardar su vida pues cuenta con su incondicional afecto, dependencia y una particular manera de desenvolverse que parece demostrar una conciencia sobre la situación y constituirle como un personaje más.

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