
1967. Roger Corman, ese señor que a sus más de ochenta años todavía sigue produciendo películas (y van casi cuatrocientas), asume personalmente la dirección de The trip (El viaje), que podría definirse como la recreación visual de una experiencia con el LSD, también conocido como ácido o tripi (por lo de “trip”). Evidentemente los últimos 60 fueron años de apertura, psicodelia y experimentación, pero no tanto como para atreverse a hacer una apología directa del consumo de drogas; de ahí que Corman, astuto como pocos, se asegurara la coartada moral insertando un texto al principio de la película en el que advierte al espectador sobre las nefastas consecuencias de una lacra social —la de la fabricación, distribución y consumo de sustancias estupefacientes— que a más de uno le ha llevado a un “viaje” sin retorno.
El protagonista de la historia es Paul Groves (Peter Fonda), un joven director de anuncios comerciales que está a punto de divorciarse de su esposa (Susan Strasberg) y decide tener una experiencia alucinógena (“a big trip in a small pill”, reza el ingenioso eslogan) con la esperanza de encontrarse a sí mismo. Con tal propósito es invitado a la mansión de Max (Dennis Hopper), un hippy millonario que tiene la casa pintarrajeada de colores y se pasa día y noche dándole al canuto entre barbudos amuermados en los sofás y chicas rubias de sonrisa lánguida. A Paul le acompaña su amigo John (Bruce Dern), presumiblemente psiquiatra o psicólogo, que le promete estar a su lado en todo momento para evitar que cometa alguna locura bajo los efectos de la poderosa píldora. Paul y John buscan intimidad en una habitación de la planta superior, charlan un rato para que Paul se relaje y, cuando éste considera que ya está preparado, ingiere la droga con un poco de zumo de manzana. El viaje comienza.

Lo primero que experimenta el protagonista es una insólita sensación de euforia que le hace ver las cosas cotidianas desde una nueva perspectiva. La percepción de la energía que fluye a través de la materia, imposible de ver en un estado normal de conciencia, provoca su entusiasmo ante la contemplación de una simple naranja. A esta euforia seguirán las primeras alucinaciones, que sumergen a Paul en mundos oníricos y extraños que sólo son el producto de su mente. A medida que las horas transcurren, nuestro hombre pasará por todos los estados de ánimo posibles: placer (sus experiencias sexuales con diferentes mujeres), culpa (la conversación con Max, en su imaginación una especie de gurú espiritual que le reprocha el carácter manipulador de sus trabajos publicitarios y la falta de amor verdadero en su relación conyugal), terror (es testigo de su propia muerte e incineración), paranoia… Esta última es la que le lleva a escapar de la mansión, en un descuido de John, para acabar perdido en medio de la ajetreada vida nocturna de la ciudad, con sus deslumbrantes luces de neón, sus garitos psicotrónicos y su fauna compuesta por niñas insomnes, mujeres que comen pollo en las lavanderías y gogós que mueven espasmódicamente sus cuerpos pintados al ritmo de música psicodélica.

A partir de un guión de Jack Nicholson, quien ya sabemos que en sus comienzos fue uno de los actores de la factoría Corman (La tienda de los horrores, El cuervo, El terror…), el director utiliza todos los recursos visuales al alcance de la época, y del limitado presupuesto, para recrear una visión alterada de la realidad inducida por las drogas: filtros de colores, efectos caleidoscópicos, pasajes en los que el frenético montaje reduce los planos a lo subliminal, música chirriante, etc. A la vez, el experimento sirve para dar un repaso a las inquietudes temáticas de su época: el movimiento hippy, la liberación sexual, la guerra de Vietnam, la manipulación mediática, la religión, el materialismo o el vacío existencial, por citar algunos ejemplos. Los resultados posiblemente no sean tan hipnóticos como las intenciones, los cuarenta años transcurridos han pasado factura pero al mismo tiempo han convertido la película en una curiosa rareza digna de ver, tal vez más por lo que representa que por lo que es.
Por otra parte, The trip, como Los ángeles del infierno (dirigida justo un año antes por Corman), anticipó de alguna manera la fama que su protagonista, Peter Fonda, adquiriría muy poco después como representante de una generación marcada por los cambios sociales y políticos de su país; unos cambios, o más bien convulsiones, que ponían en tela de juicio los valores tradicionales a menudo encarnados por el patriarca de los Fonda y padre de Peter, Henry, a los que la nueva generación se enfrentaba con actitudes idealistas y rebeldes que en realidad eran la consecuencia de una búsqueda desesperada, y comprensible, de identidad. La fama del hijo que salió rana llegó realmente en 1969, con un título mítico e imprescindible del cine independiente que volvería a reunir a Peter Fonda, Dennis Hopper y Jack Nicholson (esta vez como actor): Easy rider (Buscando mi destino). Hopper y especialmente Nicholson acabarían convirtiéndose en estrellas, A Fonda, hijo, se le agradece que se haya mantenido en el negocio del cine a lo largo de cuatro décadas sin renunciar a ser él mismo.

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