Clásicos, Directores

Las uvas de la ira

Por Laura M., en 1 de Agosto de 2008

La extensa obra del director americano John Ford comienza casi en los albores del siglo XX con la vasta producción de cortos y largometrajes dentro de los parámetros del género western, por el cual es por muchos reconocidos y al que principalmente se atendría hasta el rodaje, en 1926, de Three Bad Men. Nuevas pretensiones creativas y, en principio, el esencial condicionamiento de un público cuya atención se representaba para entonces en una decreciente rentabilidad de este tipo de producciones hicieron que Ford le abandonase de momento. Su retorno al mismo se daría recién a comienzos de la década de 1940 con el celebrado film Stagecoach, luego de haber incursionado sólidamente en el drama e incluso la comedia, donde pudo desarrollar y desplegar un característico estilo que le ha hecho merecedor de múltiples galardones y alabanzas por parte de figuras ilustres en la producción cinematográfica, muchas de las cuales han admitido su influencia en la obra personal. Entre ellos se destacan Jean Luc-Godard, Akira Kurosawa, Ingmar Bergman, Orson Welles, y François Truffaut, quien concluyentemente caracteriza al director como uno “de esos artistas que nunca pronuncian la palabra “arte” y de esos poetas que no hablan nunca de “poesía”. La obra de Ford se ha caracterizado por alejarse de meros fastuosos esteticismos del relato para poner a la cámara a disposición de las fuerzas del drama en la construcción de una narrativa que vincula fuertemente al personaje con el espacio que lo circunda y enmarca sus actos. Usual fue en su modo de trabajo recurrir a locaciones para el rodaje de las tomas, proceso en que aplicaría un trabajo minucioso y justo pretendiendo con ello disminuir la labor del editor e intervenir activamente en el proceso de montaje, en el que los directores tenían, para entonces, poca incidencia. El producto de ello conjuga, a la vez, un poderoso sentido de lo real ligado a un ineludible vínculo de compromiso emocional con el espectador.

Una de sus obras mas elogiadas es la cinta The grapes of wrath (también conocida como Las uvas de la ira), realizada en el año 1940 con la invaluable colaboración en el área de dirección fotográfica de Gregg Toland, quien participara al año siguiente en la producción de la obra maestra de Orson Welles, Citizen Kane. El film, cuya historia basó en las palabras de la pieza homónima escrita por el literato estadounidense John Steinbeck, ganadora del Premio Pulitzer en 1940, es uno de los tantos en su filmografía que retoman producciones consagradas, como también lo fue How green was my valley (de Richard Llewellyn) y The long voyage home (Eugene O’Neill), entre otras.

La historia comienza presentando al personaje protagonista encarnado por Henry Fonda, Tom Joad, un muchacho que acaba de dejar la prisión bajo libertad condicional y se dirige ahora de retorno a su casa pidiendo a los conductores que le acerquen y caminando por las polvorientas rutas. En entonces cuando reencuentra, a la vera de la senda a Jim Casy (John Carradine), el viejo predicador que lo bautizase cuando chico que, ya con su fe exhausta, yerra por el camino. Juntos parten al hogar de la familia Joad para hallar que han sido desalojados de su granja por incumplimiento del pago de una hipoteca. De inmediato se dirigen a la casa de su tío John (Frank Darien) donde se guarecen momentáneamente antes de iniciar el extenso trayecto hacia California, donde, según rezan los folletos propagandísticos de los terratenientes, hay vastas posibilidades laborales para quien desee su oportunidad. Al arribar Tom encuentra a su familia derruida por la pérdida de sus tierras y la obligación de alejarse del espacio donde han forjado sus memorias. Su madre (Jane Darwell) parece ser la más afectada por ello. El protagonista, junto con Casy y sus parientes pronto emprenden el viaje por la ruta 66 que habrá de llevarles a destino mas no transcurre mucho tiempo hasta que sucede el impredecible fallecimiento del abuelo Joad, afectado por el tortuoso trajín del desarraigo. Un breve e improvisado entierro se lleva a cabo para, afligidos, continuar en búsqueda de un hogar. El encuentro con un joven que retorna de California les perturbará aún mas pues éste comenta indignado la mentira tras las supuestas ofertas laborales dado que convocan a una cantidad de trabajadores mayor de la que necesitan, de ésta forma, si alguno de ellos se revela será facil reemplazarlo. Además la paga es verdaderamente baja en relacion al precio de venta de los productos. Sin embargo, ante la necesidad, la familia debe someterse a tales tratos de manera tal que se trasladarán de un campo a otro intentando recobrar al menos algo de aquella bonanza que alguna vez tuvieran. Todo ello genera en Tom un fuerte sentido de la justicia y una necesidad irrefrenable de actuar ante la impunidad de quienes disponen con soltura de la dignidad de los trabajadores, serán estos los que guíen su acción en el resto del film.

John Ford revela un profundo compromiso social a la vez que una expresa denuncia sobre las asfixiantes estructuras sociales que acucian a los personajes y cuya dinámica de opresión puede, sin duda, desplazarse hacia otros escenarios. La obra fue gestada dentro del marco de producción de los estudios Fox que, sin embargo, decidieron agregar al final original, mas combativo y dignificante, una suerte de ‘happy ending’ que si bien altera parte del desarrollo narrativo no logra desplazar la atención del punto esencial al que se dirige la historia, las condiciones de dominación como punto de partida para la reforma social.

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