Clásicos, Directores

Riso Amaro

Por Laura M., en 29 de Junio de 2008

A la vera del sofoco del movimiento neorrealista surge Riso Amaro (Arroz Amargo), una mixtura entre la comprometida narrativa neorrealista italiana, anclada en el interés por la representación fidedigna de los vestigios un país tras la salvaje contienda en la Segunda Guerra Mundial, junto con un erotismo exultante, que aporta una parcial divergencia de este modelo de creación cinematográfica. La obra, celebrada tanto nacional como internacionalmente, fue dirigida en el año 1949 por el realizador Giuseppe de Santis con la producción de Dino de Laurentiis y la colaboración de un elenco liderado por entrañables figuras como Vittorio Gassman, Silvana Mangano y Doris Dowling.

El film comienza en una concurrida estación de trenes donde veremos a Walter (Gassman) en la desesperada búsqueda de su pareja en tanto se esconde de los oficiales de policía que pretenden atraparle por el robo de una costosa gargantilla. Francesca (Dowling) le espera en el andén pero éste solo atina a entregarle el botín y huir rápidamente sin ser visto para, eventualmente retornar y reencontrarse con ella. Es así que la muchacha, con igual fin, decide subir a uno de los vagones que, veremos, transporta a una masiva cantidad de mujeres trabajadoras para la labor estacional en los campos arroceros en la proximidad del Po. Un atractivo desarrollo se produce en el relato con la expresa intención de referir a la apremiante situación de sus pasajeras que, en la soledad de la soltería o viudez por los caídos en batalla, aceptan arduas tareas con el fin de asegurarse el alimento. En el trayecto Francesca inicia un diálogo con Silvana (Mangano), una muchacha ágil, atractiva y extrovertida que, sabrá el espectador, había observado los extraños movimientos de la pareja previos a la partida del tren y tenido la corta oportunidad de bailar una alegre pieza con Walter mientras éste pretendía dar la espalda a los oficiales. La muchacha ofrece, cordialmente, ingresarle en la lista de contratadas pues de lo contrario no podría comenzar la labor al arribar, de manera tal que se aproxima a los capataces y pretende, sin éxito, convencerles de la nueva adición. El grupo de mujeres no contratadas, llamadas “clandestinas”, determina entonces manifestarse con el apoyo de sus compañeras que, luego de una violenta riña en el arrozal, comprenden su necesidad y el verdadero objeto al que destinar su desdén, los miserables comerciantes que habrían de lucrar con el desestimado trabajo.



Entre tanto Silvana, en la curiosidad de su sospecha, roba a Francesca el collar que guarda bajo su derruido colchón y luego de un extendido suspenso le incrimina por la situación. La discusión finaliza, sin embargo, en la amistad que ambas habrán de forjar al menos hasta el retorno de Walter, quien pronto regresa en busca de su pareja más comienza, por igual, una oculta relación con Silvana. Así mientras el film desarrolla la creciente rivalidad entre ambas mujeres por la atención de este pseudo galán, manipulador y desalmado, en medio de un alejado paraje veremos como éste planea un una secreta estrategia junto con los capataces del establecimiento para escaparse con gran parte de la producción durante una noche de celebración. De salir bien el proyecto, la inmensa cantidad robada será vendida al mercado negro, mas pronto veremos que el plan comienza a manifestar sus puntos débiles y en ello devendrá el desenlace del film.

El film ha valido al realizador una serie de severas críticas con respecto a este particular distanciamiento de los preceptos neorrealistas y su búsqueda de una representación de la problemática social que hubo de sumir a la población italiana en una profunda crisis, en provecho de una narración e imagen más ligada a una posible ‘mera vulgaridad del cuerpo’ y con ello una suerte de filiación a la producción cinematográfica hollywoodense. Igual divergencia se observa con la recurrencia a figuras conocidas para roles protagónicos como Gassman y la estadounidense Dowling, y la presencia de un cierto afán esteticista dispuesto en múltiples situaciones como, por ejemplo la humilde mas visualmente rica celebración que se realiza sobre un pequeño dique, las mujeres representadas a lo largo del film y, particularmente, la figura de Mangano que con sus diecinueve años desarrollaba el comienzo de una prolífica carrera cinematográfica. Independientemente de aquellas apreciaciones, Riso Amaro posee un innegable valor por su estructuración de la narración, la calidad de las diversas tomas que evidencian una concienzuda y creativa planificación y, a la vez, por la interesante labor actoral que permite disfrutar de una serie de personajes complejos y de gran atractivo como así también arribar con grandes expectativas a la resolución final de la obra.

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