M (también conocido como M, el vampiro de Dusseldorf en algunos países de habla hispana) ha obtenido su reconocimiento como uno de los films emblemáticos, acaso obra maestra, en la filmografía del celebrado director austriaco Fritz Lang. La obra fue realizada en el año 1931 con el implemento de la tecnología sonora, ausente en su anterior pieza, La mujer en la Luna y a la que parece haberse adecuado con gran facilidad. Sus antaño recurrencias a la ciencia ficción y elementos fantásticos en la trama se ven aquí claramente depuestas en provecho de una historia íntimamente vinculada, aún si aquel lo negase, con los oscuros sucesos reales que acaecieron e
n Alemania durante el período de rodaje del film. El llamado “monstruo de Dusseldorf” merodeaba aún por las calles, inadvertido en su identidad, raptando y luego asesinando brutalmente a pequeños niños al azar. Si bien la obra alude a este sombrío personaje cae destacar la evidente relación entre su título original (Asesinos entre nosotros) y el contexto histórico en que fue producido. El avasallante poder Nazi no vio ésta elección con buenos ojos y de inmediato pretendió interrumpir el rodaje mas finalmente se optó por modificarlo. Aún así es claro que el ambiente de urgencia, derruido y patológico, con trastocadas representaciones del discurso e imagen de la autoridad, tanto oficial como criminal, mantiene con aquél una clara relación de referencialidad.
La imagen inicial con que abre el film presenta a un grupo de niños cantando, sin gran conciencia, una perturbadora canción sobre un hombre oscuro que rapta niños en el patio de un establecimiento escolar. Pronto el timbre resuena anunciando el fin de la jornada, los pequeños niños se apresuran para salir pero, mientras muchos de sus compañeros son recogidos por sus padres, la pequeña Elsie Beckmann (Inge Landgut) debe retornar sola a su hogar donde su madre le espera con el almuerzo preparado. Rebotando su pelota recorre parte del trayecto hasta que se detiene momentáneamente frente a un gran poste contra el que comienza a repicarla y sobre el cual se halla dispuesto un extenso afiche que notifica al espectador sobre la búsqueda de un adulto sin identificar al que se acusa de secuestrar a dos niños. Inesperadamente una sombra se dispone sobre el blanco cartel y con una voz perturbadora se dirige a la niña que responde a sus preguntas sin cuidado alguno. Es así que mientras el sujeto (Peter Lorre) compra a su nueva víctima un gran globo para congraciarse con ella y concretar eventualmente su plan, observaremos cómo la madre comienza a desesperar. Sus gritos son complementados por una corta serie de imágenes que aluden claramente a su ausencia y atestiguan sutilmente al horror al que es sometida.
Las noticias de la nueva desaparición intensifica el estado general de alarma al punto de instaurar sobre los habitantes de la ciudad una aguda paranoia sin dudas incrementada por el desesperado accionar de la policía que ha iniciado un extensivo y constante procedimiento de investigación en las calles y lugares públicos. Asimismo, como veremos a modo de ilustración durante una charla entre el ministro y el jefe de las fuerzas, se han realizado meticulosos análisis de las huellas digitales de quien ha escrito postales en su nombre al diario local. También se han llevado a cabo investigaciones grafológicas cuyos resultados son dispuestos en la narración a
medida que el profesional dicta a su secretaria el escrito policial mientras, en forma simultánea observamos al asesino frente a un espejo representando con diversas expresiones aquellos caracteres a los que refiere su reporte.
Las fuerzas organizadas del crimen local también determinan tomar parte en la resolución del conflicto puesto que las recurrentes interrupciones de la policía en bares, hoteles y otros puntos de encuentro para transacciones y acuerdos extralegales parecen comprometer al negocio. El montaje alterna aquí a la discusión que entre aquellos se lleva a cabo para determinar un plan de acción con tomas pertenecientes a la reunión de autoridades oficiales que, igualmente, buscan una estrategia para apresar al sujeto. En determinadas circunstancias veremos que, por el montaje y construcciones similares en la imagen, resulta difícil diferenciar a ambos bandos, lo que sin duda ha sido realizado adrede. Eventualmente se llegará a la conclusión que la medida más eficaz sería mantener a los niños bajo una discreta vigilancia. Los vagabundos y vendedores ambulantes serían entonces contratados para ello pues su presencia en las calles no generaría en el criminal sospecha alguna.
Es así que pronto le veremos caminar parsimoniosamente por la calle silbando la melodía de ‘En la gruta del rey de la montaña’, elemento motívico que comunica al espectador que el sujeto se halla en la caza de nuevas presas. El ciego vendedor de globos que apareciese a comienzos de la narración casualmente escucha la canción y con estupor la reconoce pues la ha oído el día del secuestro de Elsie en boca de un hombre acompañado por una pequeña niña. A partir de aquí comienza la pesquisa, hasta entonces sin pista concluyente alguna, hacia el desenlace.
El film M debe ser, sin dudas, visto pues no solo propone una atrapante narración junto con una atractiva interpretación por parte del equipo actoral sino, primordialmente, una admirable composición de la imagen y el relato entre cuyos recursos sobresalen sus elecciones fotográficas, los múltiples montajes alternados y el ingenioso uso del sonido en relación con la imagen.



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