Clásicos

12 angry men

Por Laura M., en 3 de Julio de 2008

El clásico cinematográfico 12 angry men (1957), basado en la obra teatral escrita por el dramaturgo y guionista estadounidense Reginald Rose, contó con la dirección del debutante Sidney Lumet, para quien este film representó la primera labor en un largometraje pues para entonces solo poseía experiencia en la realización de programas televisivos. Con la colaboración de un interesante elenco compuesto por figuras como Henry Fonda, Lee J. Cobb, Jack Warden y E. G. Marshall, la obra propone el desarrollo de una historia que casi en su totalidad transcurre en el recinto de jueces donde un grupo de hombres habrá de determinar el futuro del joven acusado, posiblemente en tiempo real. No hay aquí implemento de grades artificios técnicos sino la construcción de un relato que pretende enfatizar la profundidad y complejidad de los sucesos abordados y las perspectivas de cada uno de los jueces, interpretados con gran minuciosidad.

Una breve descripción nos sitúa una corte del distrito de Manhattan donde un monocorde juez (Rudy Bond) notifica al jurado compuesto por doce hombres blancos de clase media la responsabilidad que sobre ellos recae en la examinación del caso del acusado (John Savoca), un joven muchacho hispano, residente en los oscuros suburbios, sospechoso de haber asesinado a su padre con una navaja. Asimismo les recuerda que el veredicto habrá de ser unánime y, en caso de ser desfavorable para éste, habrá de implicar la pena de muerte por electrocución. A continuación los hombres se dirigen a la sala contigua para deliberar y es aquí donde sucede gran parte de la acción representada en el film.


Una inicial charla, previa a la disposición de todos los integrantes del jurado para la discusión del asunto nos referirá brevemente a ciertas características particulares y prejuicios raciales y socioeconómicos que luego habrán de desarrollarse con mayor precisión. Pronto se realiza una votación preliminar en que once de los hombres considera al muchacho culpable del crimen mientras el jurado nº 8 (Henry Fonda) alega mantener sus dudas y no desear enviarle a la silla eléctrica sin antes una deliberación seria y desprejuiciada. Gran parte de los componentes confían ciegamente en los hechos referidos por los cuestionables testigos, muchos aluden a la supuesta coartada del muchacho como pobre y con múltiples fallas, y otros tantos enfatizan la importancia de sus antecedentes, su violenta crianza y su residencia en un barrio carenciado como orígenes del terrible acto. El integrante disidente pretende convencerles disponiendo un contraejemplo para cada acusación, poniendo en cuestión, por ejemplo, el testimonio de la mujer que dice haberle reconocido por su voz y haberle visto a través de las ventanas de un ruidoso tren en movimiento. En parte, admite el jurado nº 9, su declaración puede deberse a un estado de exaltación por los sucesos y no ser por completo confiable. Asimismo, dirá el personaje de Fonda, la frase que aquella escuchó (‘¡voy a matarte!’) es demasiado incriminatoria y evidente para un muchacho con su ingenio. Sin embargo un violento y obtuso colega pronto aclama que su inteligencia es solo aparente pues ‘ni siquiera puede hablar inglés correctamente’.Nuevas razones parecen emerger para considerar la inocencia del joven pues ¿por qué habría de retornar a la escena del crimen tres horas después del asesinato y no retirar de allí el arma con que supuestamente asesinó a su padre? o ¿Cómo juzgar las declaraciones del muchacho que luego de haber sido golpeado por su padre y sometido a un descomunal stress no podía recordar qué film se hallaba viendo en el cine cuando el suceso ocurrió? ¿Esto implica necesariamente su culpabilidad? Así veremos cómo los componentes del jurado comienzan progresivamente a flaquear en sus férreas convicciones y considerar como plausibles las lógicas propuestas del jurado nº 8 llegando, luego de un interesante debate, a una sensata y discutida resolución.

A medida que el film avanza el ambiente comienza a tornarse cada vez más asfixiante, no solo por cuestiones internas a la narración, como la expresa temperatura alta y el compromiso fisico e intelectual de los participantes del jurado en el fundamental debate, sino tambien debido a las elecciones concernientes a la estructuración del relato pues veremos cómo las tomas con progresivamente más cortas. De esta forma se otorga a la historia cierto sentido de premura y proximidad, de latencia.Asimismo una clara crítica al sistema judicial es realizada en la denuncia por medio de la mayoría de sus integrantes, inicialmente dispuestos por severos preconceptos y un claro desinterés por el asunto, a enviar al joven muchacho hispano de clase baja a la silla eléctrica sin contemplación alguna.

La obra ha contado con múltiples representaciones tanto en el medio teatral, para el cual fue originalmente destinado, como en el televisivo. Entre éstas últimas cabe destacar la interesante versión realizada por William Friedkin en 1997 con la participación de Jack Lemmon, George C. Scott y James Gandolfini entre otros.

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