
Jean-Pierre Jeunet durante el rodaje de Micmacs à tire-larigot
Jean-Pierre Jeunet, nacido en 1953 en Francia, es uno de mis directores favoritos por ser de los pocos que hoy día son capaces de mezclar de manera impecable una imaginación desbordante, un estilo propio y un nivel de calidad ciertamente alto. Raro es el autor que consigue aunar la rentabilidad del cine comercial con su visión personal de temas más o menos elaborados, y aquí es donde mejor se desenvuelve Jeunet, el nombre más conocido del panorama cinematógrafico francés en la actualidad.
Jeunet es un tipo que se hizo a sí mismo, empezando de forma modesta con anuncios y vídeos para televisión. Empezó a entrar en el mundo de cine dirigiendo algunos cortometrajes de animación, hasta que finalmente en 1991 da el salto a la gran pantalla con ‘Delicatessen’, una película que no sólo es su ópera prima (codirigida con su amigo Marc Caro), sino uno de sus mejores trabajos hasta la fecha; no es su mejor película, pero sí increiblemente imaginativa en prácticamente todo su planteamiento.
‘Delicatessen’ es una historia extraña, una comedia negra protagonizada por una comunidad de vecinos que vive en un destartalado edificio en medio de una explanada, cuyo dueño es el carnicero del bajo. A esa comunidad llega un vecino nuevo, circense, y a partir de ahí se inicia una serie de situaciones en torno a un tema que no quiero mencionar por no destripar una historia que me gustó mucho, aunque no es del todo original. Me veo obligado encarecidamente a recomendar que no se busque información sobre esta película en internet, pues en casi todos sitios donde hay reseñas se destripa la mayoría de su argumento, destrozando en gran medida una historia que se narra muy bien por sí misma. El protagonista de la película es Dominique Pinon, actor fetiche del director y gran profesional con unas dotes sobrehumanas para expresar una gran cantidad de cosas, tan sólo con sus peculiares rasgos faciales.

A la izquierda, Dominique Pinon
Lo que más llama la atención del cine de Jeunet, a priori, es el mimo por el detalle visual, con un estilo que aunque varía en cada película que hace (fundamentalmente por el director de fotografía que trabaje con él en cada caso), es siempre claramente reconocible. Como ocurre con otros directores expertos en recrear la fantasía desde su propio prisma como pueden ser Tim Burton, Terry Gilliam o Guillermo del Toro, Jean-Pierre Jeunet se rodea de actores con quienes le es más cómodo trabajar, con físicos peculiares y que comprenden su forma de ver las historias. Mediante el uso de maquillaje, fotografía con contrastes marcados y un tono de color concreto elegido para representar cada historia, Jeunet consigue que cada fotograma sea suyo, mezclándo los términos del cine de autor y el cine comercial. Ésta obsesión por lo visual es la herencia de un pasado fundamentado en videoclips y cortometrajes de animación, llevado ahora a otro nivel al contar con actores reales. En sus propias palabras: “No se qué motiva a los otros directores, pero yo, si me levanto cada mañana para venir a un rodaje, ¡es para realizar el más bello film de la galaxia! Si no, no merece la pena”.
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