Esta es una película dura, cerrada (no hermética), que puede ser difícil de visionar. Es una de esas cintas que logran acongojar y dejar cierta desesperación. Es un filme del y para el sentir, en la cual nos encontraremos (en parte como voyeuristas) observando la vida y las peripecias de tres personajes de Taipei. Más allá de que pueda gustar o no, es una muy buena película (y la aclaración anterior la hago, me veo forzado a hacerla, porque considero que no siempre “el buen cine” es el que más nos pueda gustar o el más espectacular y agradable de ver).
Esta es la segunda película de Tsai Ming-Liang. Fue esta la película que lo hizo “consagrarse” internacionalmente ganando varios premios en varios festivales; siendo el que más resalta el Premio a Mejor Película (León de Oro) en el Festival de Venecia de 1994. El director es un extranjero, a pesar de haber nacido en Malasia en 1957 y mudarse a Taiwán a los 20 años, donde estudiaría arte dramático. ¿Por qué un extranjero si estoy comentando de donde proviene? Porque el mismo describe esta sensación (la cual se hace extremadamente patente en esta película).
Junto a Edward Yang y Hou Hsiao-hsien lo encontramos como uno de los cineastas más importantes del Taiwán de los noventa; así como un cineasta muy importante a nivel mundial, joven, activo y en acción (acción que paradójicamente podemos encontrar en un mundo donde no es que los personajes no tengan “acción” sino que no hay a dónde, a qué o a quién dirigirla).
Él reconoce la influencia en su cine (que es ampliamente palpable) de Antonioni; tal vez con menos esteticismo pero igual cantidad de diálogos. A su vez se lo relaciona con Tarkovsky, pero con quien él mismo evidencia relación es con François Truffaut. ¿Por qué? Hay un elemento esencial y paradigmático que nos servirá de “introductor” a la película. Así como Trauffaut ha comentado que en su carrera y filmografía ha trabajado sobre experiencias vitales propias, dejando desarrollar a un personaje a través de distintos films (y empezando por Los 400 Golpes!) y usando a un actor particular como una especie de alter-ego que representaría al propio Truffaut en sus propias “maquinaciones visuales” a través del actor Antoine Doinel (que empezó jovencito y de la mano de Truffaut) Tsai Ming-Liang usaría (y usa y usará) a Kang Sheng Lee.
Kang Sheng Lee, que en esta ocasión interpreta el papel de un joven solitario, gris (no en términos cromáticos directos; sino con una vida gris) que trabaja vendiendo nichos en los cementerios (y los hay en todas sus variedades: individuales, para parejas, para familias enteras). Con una particular tristeza en el rostro (y tómese con mucha cautela lo que digo a continuación… ya que, en ese sentido y SOLAMENTE EN ESE me hizo acordar a James Dean en “Al Este del Eden” de Elia Kazan, 1955); haciendo de joven tímido y bonachón (aunque introduciéndonos en la trama y empezando la película por una puerta de donde cuelgan unas llaves que él robará…) con un mundo interior que parece no poder expresar ni compartir con nadie (y aclaremos que este no es ni hermoso ni idealizado… es más, bastante de lo contrario). Su actuación (al igual que la de los demás) se basará en su presencia, en su rostro, en sus actitudes y en sus acciones; cumpliendo de forma excelente con las exigencias de la propuesta que le tocó interpretar.
A su vez los otros personajes serán May y Ah-jung. May es una chica que trabaja para una inmobiliaria mostrando apartamentos a potenciales clientes, que es seria, trabajadora y asertiva. Ah-jung es un vendedor de ropa de mujer, en una especie de feria, más alegre y con más capacidad de expresión que los otros dos personajes con los cuales convivirá en el film. Otro personaje, y no menos importante es el apartamento en sí (entorno del cual rondará la trama y del cual el personaje Hsiao Kang tomará las llaves en el primer plano de esta).
Si nos fijamos tenemos: Tres vendedores, dos que hablan mucho (May) y (Ah-Jung) a la hora de convencer a un cliente a realizar determinada compra. El otro que se maneja más bien con papeles (los cuales le vemos engrampar de forma totalmente prolija en un bar). Tres fumadores. Es más, los dos personajes masculinos empiezan a hablar, en parte, después de que uno le pide un cigarro a otro (y ha ocurrido una de las situaciones más graciosas de la película, situaciones que también sabe tener). Una vez leí un artículo sobre una película argentina, de Juan Villegas, llamada “Sábado” (muy buena por cierto… y sí, si se quiere con algunos elementos en común) que me impresionó por su nombre: “Seis personajes en busca de algo de felicidad”. Bueno, pues creo que este se adaptaría perfectamente a la película que nos ocupa si le restáramos la mitad.
Estos personajes, justamente parecen estar buscando algo de felicidad, algo de amor (así es que aparecen las relaciones sexuales; primero a través de una secuencia de “cortejo” o “caza” impresionante entre May y Ah-Jung). Sexo, sí. Pero vacío. Estos dos personajes tienen relaciones y creo que en los únicos momentos que los vemos hablar es a través de teléfonos… Así es que la soledad aparece como una constante insalvable entre los tres personajes que, si bien están exactamente en la misma situación parecen estar distanciados por un muro invisible (lo que se ha comparado, y creo que de forma acertada, con “La noche” de Antonioni…) (Ba! y que está conectado con el Cine de Antonioni en sí).
Así es que tendremos a tres personajes que terminarán compartiendo un espacio sin compartirlo realmente, en ocasiones sin saber que así lo están haciendo (cosa más excepcional sobre todo para el personaje de Hsiao Kang quien funciona más de una vez como voyeur y que, si se quiere, a su vez, nos introduce como tales en la cinta). Todos los personajes creados con una sensibilidad y profundidad estremecedora. Por ejemplo, hay momentos entre extremadamente tiernos, causantes de rechazo, donde nos sentimos como mirones y al mismo extremadamente comunes en los cuales vemos a un personaje que en soledad se da la libertad de hacer cosas que no haría frente a otros; acciones parecidas a los juegos solitarios de un niño que despliega su imaginación… Así como podría ser hacerle tres agujeros a una especie de sandía para usarla inmediatamente después como bola de bolos (y exceptuando la parte del fetiche). Elemento este (la sandía) nada irrelevante, basta con fijarse en el nombre de otra película de Tsai Ming-Liang: “El sabor de la sandía” (que es en alto porcentaje agua, elemento este también presente en toda su filmografía, patente aquí).
Pero bueno, me he explayado tal vez demasiado en los actores, los personajes y Tsai Ming-Liang como tal. Hay que decir que los espacios están muy bien manejados (cámara fija, que nos va llevando por diferentes puntos de vista y angulaciones muy cuidadas, aunque sin el esteticismo de Antonioni… que tampoco extrañamos por hacer de todos sus personajes y de la película algo más cercano y natural). La fotografía es fría y hay mucho azul. La música… Creo que no hay! Puedo estarme equivocando pero, a pesar de no haber (en su totalidad o prácticamente) música la película funciona y se le da gran importancia al sonido, que tal ves ayuda a subsumirnos en esa atmósfera de vació sin grandes momentos de dolor extremo (aunque para este, talvez podríamos discutir el final, escena tan comentada, discutida y por mi parte alabada y necesaria) ni gloria. La puesta en escena es muy simple y está muy bien (además de que tiene la particularidad de que, prácticamente en ningún momento, estamos en un lugar que podamos sentir como propio…). En fin.
Esta es una muy buena película. Para emocionarse y acongojarse (o salir enojado del cine porque los personajes no hablan) y reflexionar.


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