Cada día se difunden noticias acerca de los inmigrantes, estadísticas y análisis que en la mayoría de los casos nos presentan a personas conflictivas con las que no se sabe muy bien como actuar. A menudo se trata la inmigración como un problema… ¡para nosotros!, para los que conocemos el idioma, para los que tenemos derechos (y obligaciones, por supuesto), para los que tenemos a nuestro alcance la posibilidad de hacernos escuchar… en definitiva, para los que nos hemos auto proclamado como “legales”.

Los medios y los poderes públicos contribuyen a crearnos la sensación de necesidad de protección ante ese “ente” sin cara que nos amenaza… pero ¿cómo se ve la “película” desde el otro lado? ¿cómo es la vida de un inmigrante?
Ken Loach nos presenta en su última película una historia con la que pueden identificarse muchos de los inmigrantes que aterrizan en las democracias occidentales, en el “primer mundo” y muchos de los que recibimos a esos inmigrantes. Ambientada en el Reino Unido contemporáneo, nos presenta a Angie, una madre soltera hastiada por la falta de estabilidad, que tras ser despedida injustamente decide montar, junto con su compañera de piso Rose (Juliet Ellis), su propio negocio; una empresa de trabajo temporal.
La sed de dinero y éxito ciegan a este par de jóvenes inglesas que ven en los inmigrantes la mano de obra perfecta. El aumento de ingresos va unido a la pérdida de escrúpulos a la hora de conseguirlos. La ambición desaforada de Angie (Kierston Wareing) le lleva inexorablemente a adentrarse en las profundidades del sistema, entrando sin ser muy consciente de ello en una espiral de peligros, tanto personales como de los inmigrantes a los que usa. La paradoja del explotado transformado en explotador es aprovechada para mostrar la deshumanización de un sistema sin valores ni moral en el que siempre hay un eslabón más débil al que exprimir, en este caso los inmigrantes.
Ken Loach y el guionista Paul Laverty forman tándem desde 1996. Ambos son autores de varias películas con gran trasfondo social como La cuadrilla (2001); Sweet sixteen (2002), premio al mejor guión en el Festival de Cannes; o Sólo un beso (2004), mejor película europea de 2005. Con It’s a free world (mejor guión en el festival de Venecia 2007) mantienen un estilo directo y crudo a través del cual crean situaciones de difícil digestión para los estómagos acomodados del público occidental. El cine de Loach es duro y áspero, no deja indiferente a nadie porque muestra sin maquillaje su visión de la realidad. Para bien o para mal y por encima de afinidades o desavenencias ideológicas Ken Loach es un director auténtico, fiel a un ideario que plasma en el enfoque de cada una de sus obras.
El guión de En un mundo libre crea una sensación de desasosiego en el espectador que va creciendo con el transcurrir de los minutos. Las imágenes se nos muestran con una cierta distancia (un rasgo del estilo de rodaje de Loach es no interferir en el campo de visión de los actores, dejando gran libertad en la actuación para conseguir una mayor autenticidad en la interpretación), sin caer en situaciones morbosas que distorsionarían el mensaje. Los cielos grises y la lluvia londinense constituyen el telón de fondo de las acciones de un film que nos traslada una atmósfera de acusado pesimismo. La ausencia de banda sonora, los colores grisáceos y los planos lentos y distantes aumentan el grado de angustia del espectador, al que Loach emplaza a reflexionar con un órdago a su conciencia.
El hilo argumental se basa en historias personales que son reflejo de la sociedad que describen. La película no sigue un patrón clásico y no hay buenos que luchen contra los malos, hay víctimas y verdugos, pero con la crueldad añadida de que los que en un momento han sido víctimas se transforman en los más despiadados verdugos. Esto queda representado perfectamente en la figura de Angie, la protagonista, cuyas acciones despiertan inevitablemente animadversión. Un riesgo de guión que puede alejar de la trama al público menos curtido pero que toca la “fibra” y hace una llamada al activismo.
Cada personaje está especialmente escogido y representa a una categoría social dentro de esta encrucijada sobre la “legalidad” de las personas. Especialmente importante es el impacto que la actitud de Angie genera en su entorno, en particular en su padre Geoff (Colin Coughlin), un ex trabajador de fábrica jubilado que actúa a modo de conciencia. Este salto generacional en la concepción de las reglas que hacen funcionar el mundo ilustra la involución moral y ética del sistema. La película denuncia la falta de escrúpulos de un primer mundo (un mundo libre), que trata a los recién llegados como personas de tercera a las que convierte en piezas al servicio de un engranaje maquiavélico. Este desequilibrio social queda ejemplificado a través de la comparación de niños de diferentes orígenes, que sufren desde su nacimiento el castigo de haber nacido en el lugar equivocado.
A pesar de intentar evitarlo, Loach sucumbe por momentos en la condescendencia con el sector más desfavorecido, creando una amalgama de personajes monocolor carentes de defectos. Todo el colectivo inmigrante desprende buenas intenciones, esfuerzo y sacrificio, algo que por generalizado pierde credibilidad ante los más escépticos, que pueden agarrarse a la falta de datos y rigor a la hora de representar toda la realidad inmigrante. En su retrato costumbrista de una sociedad occidental, el director inglés señala directamente a los que están en una situación de superioridad económica y de poder, dejando en un segundo plano a lo que él nos muestra como víctimas del sistema. Los más críticos pueden acusar a It’s a free world de dar una visión sesgada de la realidad pero hay que recordar que no es un documental. Se trata de una película que pone el foco en un submundo del que sólo recibimos información polarizada y superficial. Es una inmersión a pulmón en las vergüenzas del sistema echa desde un prisma subjetivo (en esencia, todos prismas lo son).
Aquellos que no tengan miedo al dolor sin anestesia y que no practiquen el respetable deporte de mirar para otra parte, tienen una cita obligada con Ken Loach y su It’s a free world (desde el 22 de febrero en la cartelera de los cines españoles).


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