El declive de Disney es algo totalmente palpable y a todas luces lastimoso. Si quitamos la filmografía de Disney-Pixar, que a la productora le ha venido como caída del cielo, en los últimos años ha costado la misma vida encontrar algo decente. Y es que aparte de las genialidades de Pixar, de lo realizado por los pupilos de Walt en los últimos quince años, sólo salvo Piratas del Caribe (y no la trilogía, sólo la primera), y poniéndome compasivo, El Jorobado de Notre Dame, Las Crónicas de Narnia, El Rey León y Mulan. Se me podría tachar de duro, pero la taquilla ha sido la primera en poner en su sitio al actual Disney.
Fiascos como los de Dinosaurio, Hermano Oso, Tarzán, Atlantis, Salvaje, Hércules, El Emperador y sus Locuras, El Planeta del Tesoro y un interminable etcétera han sido provocados, sí, por padres que llevan a sus hijos al cine y se dan cuenta de que ya no es lo mismo, de que los momentos inolvidables que antaño salían como churros de esta marca, ahora se aquejan de una falta de inspiración preocupante. Una falta de ideas que, al intentar adaptarse a los nuevos tiempos, se ha encontrado con un muro frontal por sus pobres argumentos y su omnipresente mediocridad. Sólo la alianza con Pixar (aun con su irregular filmografía) ha logrado que la quiebra sólo sea una amenaza y una realidad.
Por todo esto, una película como Encantada: La Historia de Giselle era necesaria, y además con una especial urgencia. Ya era hora de ver lo que Encantada nos propone, y no es ni más ni menos que una inteligente sátira por los cuatro costados. ¿Una sátira sobre qué? ¡Sobre ellos mismos! Sí, como lo oyen, mejor dicho, como lo leen. Y es que Giselle representa una elaborada mezcla entre La Bella Durmiente, Bella (la de la Bestia), La Sirenita, Cenicienta y Blancanieves, con guiños de Mary Poppins. Así como Fiona era una princesa puramente Disney en Shrek, a modo de mofa, también lo es Giselle, a su manera.
Dirigida sobriamente por Kevin Lima (responsable de algunos truños de la casa), respectando las directrices de la firma, empieza la película con una animación en la que la típica guapa de cara marca Disney, pero con cara más alargada y pseudopelirroja, está en una casita que bien podría ser del mismo municipio que Blancanieves. Se llama Giselle y sus amiguitos son los animales del bosque, sobretodo la ardilla Pip, espera a su amor verdadero que no tarda en llegar, es el príncipe Edward, hijastro de la reina del lugar, que sabe cantar la misma canción que ella “busco un amor verdadero…”, y por supuesto, se oyen mutuamente y deciden casarse en el acto. La reina sabe que perderá el trono si su hijastro se casa, así que debe impedirlo. Su solución es… llevar a Giselle a un mundo donde no hay finales felices. Es decir, el mundo real. Bueno, no el mundo real, sino Nueva York. Así son los de Hollywood, ya nos tienen acostumbrados.
La premisa es atractiva, por mucho que nos pese a los enemigos de las películas pastelosas. Y cuando esto sucede, podría haber aparecido un importante bajón. Para empezar, el hecho de haber sido protagonizada por una Lindsay Lohan, Amanda Bynes, Hilary Duff, una de las Olsen o cualquiera de ese mundillo super-mega-guay habría destrozado ipso-facto la película. Pero la Giselle de carne y hueso está encarnada por una Amy Adams absolutamente perfecta para el papel, que construye un personaje absolutamente estereotipado, de la casa Disney, sin que en ningún momento su presencia y su extrema empalagosidad molesten al resto de los aspectos del film. Porque lo mejor es el recochineíto con el que todo está desarrollado. El príncipe Edward (James Marsden) no tarda en aparecer por Nueva York con su lacayo (Timothy Spall), que está secretamente enamorado de la reina, y la ayudará cladestinamente a deshacerse de Giselle. En tanto que Giselle conoce a Robert (Patrick Dempsey), un viudo afligido que la acoge y se asombra/fascina con las extragavancias de la aspirante a princesa.
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