Cartelera, Cine negro

Promesas del Este: por fin, una maravilla

Por Luisfer, en 10 de Octubre de 2007

Por circunstancias personales y familiares, he de decir que he conocido a decenas de inmigrantes rusos en los últimos años. Esto hacía que Promesas del Este me despertara aún más la curiosidad, aparte del hecho de que haya cosechado buenas críticas en EEUU y San Sebastián, y que esté dirigida por el siempre interesante David Cronenberg.

Vamos, que estaba deseando verla, después de un verano en el que los bodrios y los intentos fallidos abundaban como piedras en el campo. Y no ha defraudado, no.

La historia cuenta las andanzas de un chófer agradable y misterioso llamado Nikolai (Viggo Mortensen), que trabaja para una peligrosa familia de mafiosos rusos afincados en Londres, compuesta en primera instancia por Seymon (Armin Mueller-Stahl) y su alocado y alcóholico hijo Kirill (Vincent Cassel). La estructura jerárquica y la estabilidad de la familia se ve amenazada cuando la enfermera Anna (Naomi Watts), encuentra un diario en el bolsillo de una joven embarazada recién fallecida a la que acaba de asistir como comadrona, con el fin de encontrar a la familia del recién nacido.

Una de las mayores virtudes de Promesas del Este es que en muchas ocasiones la historia no importa demasiado. Y lo es porque el guión, de Steven Knight, es en su mayoría flojo y a veces se nota demasiado que “no da para más”, aunque haya que reconocer que no cae en detalles superfluos en toda la película. En este sentido, su principal defecto es que su ritmo pausado tiene un contrapunto exagerado en la media hora final, donde se desvelan más cosas de las que el espectador está preparado para saber, con elipsis incomprensibles, cuestiones obviadas y preguntas no respondidas antes de los créditos finales. Así, la película se apoya más en las interpretaciones de los protagonistas. Y es que Viggo Mortensen está alucinante como mafioso ruso. Puedo constatarlo al comparar su comportamiento en pantalla con la realidad de todos esos rusos que conozco personalmente. Perfecto. Sencillamente perfecto. Mortensen ha cuidado cada gesto, cada tic, cada mirada, cada palabra, con el fin de que parezca que el propio actor bien podría haber nacido en San Petersburgo o en Vladivostok. Se come en la pantalla a todo lo que se le ponga por delante. Parece mentira que sea el piltrafa que interpretaba a Alatriste.

Pero los que acompañan a Mortensen también deslumbran: la actuación sufrida de Naomi Watts recuerda a los momentos finales de Mulholland Drive o más aún al personaje de El Velo Pintado, con resultados igualmente satisfactorios; Vincent Cassel, que siempre sobreactúa, el condenado, aquí ha encontrado un papel acorde con su histrionismo; y qué decir de la solemnidad del veterano Armin Mueller-Stahl, que embriaga con su presencia a los que le rodean y al propio escenario. Ellos consiguen que el paradero de los personajes sea todo el tiempo algo excitante para el espectador, una suerte de devenir arbitrario y caótico que no deja de sorprender hasta los créditos finales.

La dirección de Cronenberg es sobresaliente. Muchos comparaban esta película con Una Historia de Violencia, con el mismo protagonista y tramas similares, pero el canadiense se ha superado de forma evidente. Su ánimo de recrearse con el ambiente feíste y a veces repugnante, la violencia, el sadismo y el factor mórbido del sexo, se ve algo suavizado pero en su esencia intacto. Ya no estamos ante esas cintas de Cronenberg difícilmente digeribles para el espectador (de gran calidad pero de obvia repugnancia) como Videodrome o eXistenZ. El director deja su sello, pero apuesta más por reprimir su inabarcable personalidad en favor de un metraje más llano y sencillo. La claustrofobia es uno de los aspectos más reseñables del film, ya que la limitación de escenarios y la apuesta por la nocturnidad y los espacios cerrados es una de sus principales características. Gran acierto el de mostrar ese “otro Londres”, el de “las putas y los maricones” como dice Seymon, con carencia de belleza y aspecto sucio, logrando un gran impacto en la ambientación de Promesas del Este, por su tono pesimista y desgarrador.
La minuciosidad también se hace presente, con escenas en las que no hay defectos visibles, como la tremenda y efectiva pelea en los baños públicos, o los diálogos escuetos entre Mortensen y Watts. Cronenberg es amante de los silencios, en ese sentido es un genio porque sabe transmitir mucho con las miradas y con las imágenes. Así, los diálogos son ajustados en la medida que las imágenes lo dicen todo, y estremecen igualmente al espectador. La voz en off ocasional de la joven fallecida podría resultar innecesaria, pero en algunos momentos funciona. Por otro lado, por mucho que se quiera insistir en los perfiles psicológicos de los personajes (gratuita la escena de las prostitutas se mire como se mire), muchas veces se cae en el estereotipo de los rusos, con frases como “Nikolai, vamonosss” ó “Ssólo ssoy el chóferr”, con un hilarismo para los que nos recreamos en las películas de acción de serie B.

Y el habitual (trabajando con Cronenberg, quiero decir) compositor Howard Shore realiza una partitura intimista con una melodía principal adecuada y envolvente, aportando su granito de arena positiva para el gran resultado final de esta película.

En resumidas cuentas, por fin una película en condiciones. Excelente en casi todos sus ámbitos cinematográficos. Por fin puedo hablar bien de una película y con numerosas razones. Si todos los directores fueran como Cronenberg, la labor de los críticos, en el aspecto negativo, se vería increíblemente mermada. Pero es lo mismo que cantar, como Juan Luis Guerra, “si lloviera café en el campo…”

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1 Comentario en “Promesas del Este: por fin, una maravilla”

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Te felicito por el post, pero me parece un error considerar la escena con las prostitutas gratuita, cuando la verdad es que es uno de los momentos que considero mejor creados de toda la película. ¿La Razón? Es un punto clave en el entedimiento de dos importantes tramas internas de la historia: una quién es en verdad Nickolai, puesto que se nota que en un principio no quiere nada con las prostituas y luego se siente muy mal por lo que hizo, lo que nos deja var que hay un lado moral en él que no compagina con el mundo en el que vive, como si no fuera parte de el mismo. Por otro lado, ese momento es casi una confesión para nosotros sobre la condición sexual de Kirill.

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