Una introducción musical que pasa desapercibida durante los primeros minutos y que termina pasando desapercibida ante la fuerza de las imágenes de Paul Thomas Anderson. La sutileza en el montaje, la utilización de violines para la banda sonora, los intercambios de mirada impacientes, la precisión maníaca de un gesto y la intensidad brutal de las imágenes dicen todo. Así comienza una historia que dura más de dos horas y media, en la que los acontecimientos se entrecruzan con la misma potencia; porque Pozos de Ambición es un meteorito dispuesto a estrellarse contra todos los que se sientan en la sala de cine. Una apuesta por la inteligencia y sensibilidad del espectador. Un modelo de construcción de historias que Paul Thomas Anderson ya había experimentado en otra ocasión con menos medios. Después de No Country for Old Men, de los hermanos Coen, tenemos encima de la mesa una de las mejores cintas del año. ¿Os seguimos contando de qué va?
Daniel Plainview (Daniel Day Lewis) es un prospector de petróleo astuto, hijo de un perforador que murió en su trabajo, compra los derechos de explotación de unos pozos de petróleo de una familia que vive en un rancho de Texas. El petróleo va a cuestionar el sueño americano. Con eso está todo dicho. Sería inútil contar más porque todo está en la pantalla. Aparentemente, Pozos de ambición diseca la fascinación americana del Western a través del itinerario de un trabajador que se convierte en magnate del petróleo. Un Rockefeller a partir de la nada. Más concretamente, de Edward Doheny, personaje que existió realmente y que es fuente de inspiración del cineasta, que a principios del siglo pasado hizo cavar más de quinientos pozos y en cinco años pasó a disponer de una de las fortunas más considerables de América. El director de la cinta se ha inspirado en tópicos ricos en detalles, destacando los hechos históricos y poniendo la mano en antiguos cuadernos de la época.
En la parte del trabajo histórico, el concepto de transposición literaria no es una obsesión enfermiza para el cineasta. Al fin y al cabo se centra en dos temas personales que ya exploró en el pasado. Nada más y nada menos que las relaciones filiales entre un padre y un hijo, y el problema de la ge a través del personaje de un predicador evangelista que disimula su falta de fe. Esto ya lo habíamos visto en Magnolia, pero estos temas principales en Pozos de Ambición se expresan como los problemas de búsqueda frenética de dinero. Nada se sugiere, todo es instintivo, el resultado es un guirigay de imágenes intrigantes. Las escenas de evangelización se revelan trágicamente grotescas, siempre desactivadas por la mirada de Plainview que toma la fe y la religión como subterfugios para hacer sonido ambiente. En esta mirada cohabitan la tragedia y la broma.
Plainview que simula la amistad y la honradez para defender intereses personales y vacíos. Con el fin de darle más relieve, Paul Thomas Anderson añade elementos ideológicos en la población. La identidad del enigmático Plainview se dibuja con más claridad. Los reencuentros se ruedan de manera discreta. En un debate íntimo, Plainview confiesa no tener confianza en el ser humano. Como un lobo entre los corderos. Durante toda la película, es necesario verlo evolucionar, oler a los hombres, perder a su humanidad y pasar de ser un papá blando a un monstruo. Matices subconscientes interpretados por un Daniel Day Lewis gigante. Paul Thomas Anderson no se deja desbordar por el resultado ostentoso de un protagonista incontrolable y, al contrario, demuestra de nuevo calidad de director estupefaciente. Sin embargo, más allá de la situación de la cinta, la belleza formal de la película va mucho más allá. En Pozos de Ambición se presentan numerosos planos que dan tiempo y espacio a todo tipo de sentimientos, personajes complejos que nunca son aplastados por el animal Day Lewis, que tienen que luchar contra sus obsesiones.
Hay que estar ciegos para no querer ver que Paul Thomas Anderson no se ha lanzado a un nuevo reto, eliminando influencias demasiado incómodas y pesadas, negándose a dormirse en los laureles. Su cine tiene la potencia que sólo da la melancolía, una melancolía que se palpa en cada momento de la película. Pozos de ambición, dirigida con una libertad e independencia más grande de lo habitual impresiona por su nihilismo y su intransigencia. No puedes perdértela.

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Sin Comentarios en “Pozos de ambición, una obra maestra”
¡Qué ganas de verla!
Te veo cada día más puesto en reseñas de cine, Octavio.
Pues a mí me pareció que está muy por debajo del bombo que se le ha dado. Es cierto que toca los temas que comentas en la noticia, pero los trata poco y mal. La relación con el hijo está ausente durante media película para luego retomarla con desgana y poca intensidad. De hecho, el reencuentro con su hijo cuando vuelve por primera vez, se centra en humillar a unos competidores, no en el hijo. Él no hace eso por su hijo, sino por él mismo.
Y el final me parece totalmente fuera de tono. Me descojoné en la sala, y no creo que Anderson pretendiese dar un giro cómico en los últimos 15 minutos.