Después de haber acabado con brío la carrera de campeón mundial de los pesos pesados con la que había alcanzado la gloria; Stallone vuelve a uno de sus papeles predilectos, el controvertido objeto de culto responde al nombre de John Rambo. Y lo hace veinte años después de que nuestros ojos disfrutaran con tal película. Un personaje torturado por su propia violencia, traumatizado por la guerra, tanto que se podría temer que el protagonista/director legitimara una vez más la violencia de la que ha hecho gala a lo largo de su filmografía. Afortunadamente, el bueno de Sylvester regresa con un halo lúcido, ofreciendo una nueva dimensión a su papel de veterano, algo que todo el mundo esperaba (tanto fans como detractores) en una tormenta de ultraviolencia, sangre y sadismo como pocas veces hemos vuelto a ver desde los tiempos del joven boina verde.
Y es que, una de las cosas que temen algunos espectadores poco convencidos de visionar la cuarta entrega del soldado legendario es el sadismo que tiene la película. Stallone pese a todo había anunciado sus intenciones desde el momento de la preproducción, diciendo que la aventura se desarrollaría en el país más hostil del mundo. La acción se sitúa en la frontera birmana, zona de conflicto en la que la armada hace reinar el terror. Las poblaciones locales son avasalladas. A esta cueva de los horreres llegará un grupo de misioneros con la idea llevar medicamentos y diverso material. Su guía en la excursión será Rambo, reconvertido en cazador de serpientes cuya obsesión por un posible conflicto armado hace reaparecer en él los instintos que hasta el momento había intentado ocultar en su nueva vida. En ese sentido, la película es fácil de entender y por mucho que vayas al gimnasio seguro que coges la idea: unas imágenes de archivo sobre la guerra bajo la apariencia de telediario será el detonante que ponga en marcha la máquina de matar.
Mientras que los enemigos de las anteriores cintas eran reencarnaciones estereotipadas de basuras humanas que servían para salvaguardar la violencia del patriótico John Rambo, en esta ocasión, Stallone describe el horror de la guerra en una avalancha de secuencias en las que percibimos ejecuciones gratuitas, violaciones de niños, torturas. Es justo en ese momento cuando el espectador inteligente se dará cuenta de que el espectáculo que ha venido a ver no es tan convencional como esperaba. La situación en la que quedó mi pobre cerebro tras ver algunas secuencias estaba entre la risa por el gran guiñol gore y la aversión ante momentos ciertamente insoportables (no creo que fuera necesario ver ejecuciones de chavales, ni a gente arder viva…). Y eso es precisamente lo que hace grande a John Rambo como película, que Stallone nos lleva a reflexionar sobre la implicación del espectador como consumidor de violencia gratuita. Justo en ese momento, es capaz de recordarnos la verdadera naturaleza de su personaje y poner en pantalla una verdad que los fans esperábamos mientras que los críticos utilizaban en su contra.
Una cuestión subsistía en cuanto a las motivaciones reales de este personaje totalmente enloquecido por sus actos cometidos en anteriores guerras: ¿mientras que éste quería ser a víctima (legítimo) de conflictos que él nunca había deseado, mientras que el trauma causado por los malos tratos, qué es lo que podía hacer volver a sumergirse a este personaje en el caos? ¿Aparte del hecho de ayudar a sus antiguos amigos veteranos, qué buenas razones podían llevar a un hombre destruido a volver al origen de su destrucción perdiendo los últimos trozos de humanidad que le quedan en terribles confrontaciones? A pesar de la pasividad sorprendente del personaje durante la mayor parte del metraje, al final descubriremos sus motivos.
Por increíble que parezca, Rambo se revela en este episodio como un personaje coherente, quizá por primera vez en toda su historia: irá a buscar a algunos de los voluntarios aún vivos, que habían desobedecido las advertencias que les dio con respecto a lo inconsciente del viaje. El personaje vuelve a coger sus armas y reconoce lo que todos pensábamos y necesitábamos oír y ver: Rambo vuelve al infierno, parece que es eso lo que le gusta… y mientras nos temíamos un discurso políticamente correcto sobre lo mala que es la guerra y la importancia de la Fe, este mensaje no aparece y en su lugar tenemos una nueva encarnación del héroe. Rambo pierde la imágen de héroe roto por los conflictos bélicos para convertirse en una especie de dios de la guerra y el caos. La presencia de Julie Benz, mujer de fe ciega, cuyo cabello rubio no deja de adoptar un color rojizo a medida que avanza la trama, acentuará más la coronación sangrienta del nuevo Atila. Por primera vez, los enemigos no parecen inhumanos y despreciables. Al contrario, John Rambo muestra una crueldad tan grande que uno no sabe si está presenciando una película de serie B totalmente quemada o una verdadera matanza… Mucho más, cuando esta acaba, y desde una panorámica inmensa que ofrece los cuerpos inertes contempla su obra con orgullo…
Planos como este, en el que abunda la belleza de la sangre era lo que algunos necesitábamos ver, después de la majestuosa Rocky Balboa es aquí donde hemos presenciado la verdadera calidad de Sylvester Stallone como director. De una belleza sorprendente y de una sobriedad desconcertante comparada con el resto de entregas de la serie, Stallone puede cerrar la saga con orgullo. John Rambo es una excelente sorpresa cuya fidelidad al lado narrativo propiamente ochentero del resto de la serie, coloca éste como el mejor episodio, ciertamente el más sangriento pero paradójicamente el más honesto de todos. Después de haber coronado a su Rocky (ya el guión de la primera era suyo) definitivamente como un mito, consagra ahora a su Rambo como el príncipe de la guerra.


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2 Comentarios en “John Rambo, la mejor de la saga”
Estoy totalmente deacuerdo
gracias por comentarios a favor de sly como el tuyo, me ha sorprendido gratamente. felicidades