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Crítica

Cuando Hoover se mira al espejo: ‘J. Edgar’

Puritanismo, represión y violencia para mostrar la flaqueza del poderoso en lo nuevo de Clint Eastwood
Andrea Jaén
11:56h Lunes, 30 de enero de 2012
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‘J. Edgar’, lo nuevo del prolífico Clint Eastwood, en plena forma con 80 años, es un biopic puro y duro. Habrá quien sea más o menos aficionado al género, y habrá a quien no le apetezca una aproximación parcial a un personaje real. Con la sombra de ‘La dama de hierro’ planeando encima del film, podemos decir que Eastwood consigue sortear con éxito todos los demonios que comúnmente se asocian a este tipo de retratos, consiguiendo presentar un personaje poliédrico, cuyos desmanes de poder y ansias dictatoriales no se justifican, aunque sí se vislumbran como pecados humanos. El film recorre la vida del creador del FBI, John Edgar Hoover, desde los 20 años hasta su muerte. Con una estructura basada en los saltos espacio-temporales, el guión de Dustin Lance Black nos muestra la (poca) distancia entre un Hoover joven y empecinado en progresar y el dinosaurio ávido de control en el que se acaba convirtiendo. El espectador consigue dejarse llevar con facilidad entre estos dos polos gracias a un excelente trabajo de montaje y, por descontado, a la efectiva narración de Black, que ya se labró su fama en eso de los biopics gracias a ‘Mi nombre es Harvey Milk‘.

J. Edgar

Leonardo DiCaprio y Armie Hammer en una escena del film.

Las comparaciones son odiosas, pero ‘J. Edgar’ se hace fuerte en todo aquello que falla en ‘La dama de hierro‘, propuesta interesante pero empecinada en justificar lo imposible. Eastwood, al contrario, nos muestra un personaje débil y vulnerable en la intimidad, pero implacable en su vida pública, estableciendo una relación de causa / consecuencia, sin que por ello se establezca una disculpa. Sencillamente, el espectador cuenta con las pistas para comprender qué ha pasado con ese hombre, lo más parecido a un dictador que ha tenido Estados Unidos. Un sujeto obsesionado por el control, tanto el de sus congéneres y como el de sus propios sentimientos. Un homosexual reprimido, un hombre dominado por su madre (Judi Dench), y un tirano temido por la nación a causa de sus inquisidoras prácticas al mando del FBI.

Como los buenos autócratas, Hoover estuvo en el poder durante 48 años (1924-1972), periodo que recorre gran parte de la historia norteamericana del siglo XX y que, por tanto, hace que la película funcione como una especie de radiografía sentimental de los Estados Unidos. Casi medio siglo siendo el hombre más temido de la nación, sobreviviendo a ocho presidentes, y sobre todo, ejerciendo de perfecto fabulador. Y es que uno de los puntos más interesantes de la película es ver al director del FBI dictando la historia de su vida, llena de logros, a una serie de jóvenes principiantes de la oficina. Eastwood deja que descubramos que, bajo ese halo del poder absoluto, hay un mentiroso. Hoover es un narrador excepcional, pero también un hombre que ha creado una épica de sí mismo que lo erige a la categoría de semidios y que, lo más grave, él mismo no ha tenido ningún problema en creer.

De esta forma, Clint Eastwood realiza una doble operación directamente relacionada con la manera en que se concibe la historia de su país. A medida que Hoover construye el discurso oficial, Eastwood lo desmonta al tiempo que realiza una suerte de hagiografía de los Estados Unidos, evidenciando el puritanismo, la violencia y la represión como fórmulas para  de mantener el status quo institucional. Por otro lado, es grato ver la manera en que el director, caracterizado por interpretar y poner en escena a personajes eminentemente varoniles, trata la homosexualidad de su protagonista. De hecho, cuando ‘J. Edgar’ resulta más emocionante es cuando traslada la intriga política al ámbito de la alcoba: los pasajes que Hoover comparte junto con su inseparable Clyde Tolson (Armie Hammer), director adjunto del FBI y amor de su vida. Sí es cierto, por otro lado, que se echa en falta una mayor profundización en determinados pasajes históricos, como la responsabilidad de Hoover en la Caza de Brujas en el Hollywood de los años 50, por ejemplo.

J. Edgar

Hoover dicta la historia de su vida.

Eastwood deja en un segundo plano a Capone, Dillinger, Machine Gun Kelly, la Gran Depresión, los Kennedy, el Ku Klux Klan o Luther King. El crimen del bebé robado de los Lindbergh, que dio paso a la fundamental Ley Lindbergh y posterior desarrollo del FBI, ocupa parte sustancial de la trama, pero éste se relaciona con la importancia que le otorga la dominadora madre de Hoover (esa escena en el cine donde ella llora viendo al pequeño Lindbergh es decisiva). Y es que en ‘J. Edgar’ lo que realmente importa es aquello que no aparece en los libros de texto o en los periódicos: cómo se forja la personalidad del protagonista. Este biopic, aunque político (lo es, y mucho) resulta ser también un biopic del alma de Hoover. Porque parece ser que el Hombre de Hierro sí la tenía, y bastante atormentada por cierto. Eastwood evidencia así la eterna y desmedida ambición de un hombre que tuvo a la casta política bajo el yugo de sus informaciones. Sin embargo, y cuando Hoover se mira al espejo, se encuentra con lo mismo que vemos nosotros: dolor y patetismo.

Para acabar, solo cabe mencionar el excelente trabajo del tandem Dicaprio / Eastwood que es, como era de esperar, impecable. De hecho, la película en si misma es impecable, aunque no por ello resulte sorpresiva o sustancialmente decisiva en la carrera de su director. Sin embargo, y llegados a este punto, no podemos sino preguntarnos por qué ‘J.Edgar’ se encuentra ausente en esta edición de los Oscar y por qué la Academia de Cine ha decidido que, este año, Leonardo DiCaprio no merece una nominación como Mejor Actor Principal. ¿Tendrá la culpa el maquillaje, uno de los peores que se recuerdan?

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