Cartelera, Cine Independiente, Cine negro

‘Cuestión de Honor’, Nueva York Confidencial

Corrupción policial con Edward Norton y Colin Farrell
Por Alvy Singer, en 16 de Enero de 2009

Comparte Cuestión de Honor’ con la también recienteEl Intercambio el tema, el de los policías corruptos que actúan y se benefician de la ley a la que representen. Hay una diferencia entre ellas significativa, al margen de los puntos de vista y la historia: la película de Gavin O’Connor se anuncia al final como historia orgullosamente ficticia, y la de Clint Eastwood se abre como rimbombante historia real.  No resulta curioso pues que la cinta del primero funcione muchísimo mejor, puesto que consigue la verosimilitud a partir de la ficción mientras que Eastwood lo hace con el proceso inverso, saliendo naturalmente perdiendo.

El canon del policíaco de los setenta sigue siendo para el cine norteamericano contemporáneo un modelo para resucitar la gran película. Hay ejemplos de todo tipo: desde la fallida y derivativa ‘American Gangster’ hasta la arriesgada y triste ‘La noche es nuestra. Comparte la película de O’Connor con la de James Gray una família de policías de Nueva York y los conflictos éticos que surgen en ella, siempre presididos por un patriarca que es además un policía legendario (y lo encarna un actor consagrado en aquél viejo cine de los setenta, en la de Gray un estupendo Robert Duvall, y en la de O’Connor un sorprendente Jon Voight, fuera de sus colaboraciones con Bruckheimer/Bay). Las similitudes terminan aquí: la película de James Gray era un homenaje a la policía neoyorquina que se arriesgó en los años ochenta por limpiar la delincuencia y el tráfico de drogas, y O’Connor prefiere narrar una situación justamente contraria: el peligro de la policía en su lucha contra el narcotráfico, sintiéndose tentada por el factor económico.


La película la coescribe Joe Carnahan junto al director. Carnahan es un pionero en recuperar el canon setentero, precisamente en su segunda película ‘Narc’ narraba un thriller similar de policías corruptos, pero mucho menos complejo y mucho más efectista, por su conseguida y cruda puesta en escena que le daba a la acción un sentido vivo, sucio, inmediato. Este guión es muchísimo más ambicioso y consigue una complejidad en los personajes muy rara en los policíacos de hoy en día, que reutilizan ciertos dilemas morales en meros clichés. Sólo hay que ver la exageración sobreexplicativa de un pretendido policial como ‘The Dark Knight’, hundida por su incoherencia y su condición (pesada) de blockbuster.

El film narra la historia desde los puntos de vista de los tres policías y enriquece incluso a personajes secundarios que van desde uno de los secuaces del traficante hasta un periodista que quiere desvelar el escándalo. Es evidente la influencia de ‘The Wire’ (en su ambición narrativa de abarcar todas las ópticas y darle cierta crítica social) y ‘The Shield’ (en su hiperrealismo en las escenas de acción), las dos obras maestras del policíaco reciente que junto a Los Soprano’ han supuesto no sólo la edad dorada de la televisión, sino también los exponentes más gloriosos del noir.

Hay dos elementos que elevan a esta película por encima de la media y la convierten en notablísima, al margen de su dirección, que abordaremos más adelante: narrativamente cumple con sus ambiciones, a través del contexto. En sus diálogos hay un hecho pasado que nunca se nos cuenta, pese a la tentación del flashback reciente en ciertos policiales obsesionados con dejar traumatizado a su protagonista, y es el incidente de Modhaven.

Como si se tratara de un flashback oral, iremos sabiendo de él con la progresión de los personajes y nunca lo veremos: sólo así entenderemos la cicatriz de Ray Tierney e incluso al personaje del citado reportero de investigación. El segundo es la ambigüedad logradísima de sus tres protagonistas: Ray Tierney, muy bien interpretado por un sorprendente Edward Norton, no es el policía honesto al uso.

Su ética se basa en la culpabilidad por la participación en el incidente y ni siquiera parece redimirse al final de la película. Su hermano, Frank, no está exactamente implicado con los policías corruptos, sino que lo permite desde el desconocimiento. Todo lo que quiere Frank es liderazgo, y está en su ascenso la clave: sólo quiere proteger a sus hombres. El cuñado, Jimmy, que saquea a los traficantes está descrito de forma delicada ya que nunca se le dibuja como malvado, sino como alguien harto de cobrar sólo 65.000 dólares al año, mientras que un traficante lo gana un fin de semana. Ahí el dilema eterno de los cargos públicos. Resulta curioso que Jimmy, consciente de sus errores y excesos (amenaza de muerte al bebé del luego revolucionario secuaz), conmueva en su muerte: conducido por el destino, como los clásicos antihéroes fatalistas por el noir, todavía es capaz de un dile que la quiero. Esa ambivalencia, un buen padre y un mal policía, es rara de encontrar en el cine reciente y manejado con tanta soltura, sin que en ningún momento nuestra tristeza nos haga olvidar su comportamiento inmediatamente anterior, obsesionado con el dinero y el status.

Conviene señalar pues la dirección de un Gavin O’Connor sorprendente, al menos si atendemos a su filmografía anterior, con la olvidable y telefílmica ‘Tumbleweed’ como su logro más reseñable. Se atreve con plano secuencia interesante para describir la escena del crimen, tan nervioso como verosímil, con una gloriosa elipsis para narrar la muerte del Jimmy de Colin Farrell y hasta con grandes angulares para narrar la fría investigación de Ray Tierney. Su película no sólo es rica, sino qu econsigue llevar todas sus situaciones hacia un grado cero de cotidianidad, como en la cena o el travelling que recorre el despertar de Jimmy justo antes de ver el New York Post destapando el escándalo. Busca las escenas con contrastes: desde los claroscuros para el asesinato de Tezo, los tonos naranjas para las escenas de drogadicción, y los tonos más apagados y verdosos para las escenas de Ray en su barco hasta la ciudad, omnipresente, siempre blanca.   O’Connor resuelve bien sus evidentes deudas con Friedkin, Coppola, Lumet et al, y nos deja un inquietante y contestatario cuento navideño sobre la responsabilidad policial.

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