Animación, Cartelera

Ratatouille: pura diversión, puro cine

Por Luisfer, en 3 de Agosto de 2007

Pixar lo ha conseguido de nuevo. Por medio del excelente director y guionista Brad Bird, que ya asombró notoriamente con El Gigante de Hierro y los Increíbles, Ratatouille es un nuevo logro de Pixar, que sigue revitalizando, y de qué manera, el cine de animación. De esta forma, el cine de esta compañía, desde que está John Lasseter al mando, se ha convertido en un género en sí mismo. Por nombrar algunos, Toy Story, Monstruos S. A., Buscando a Nemo o la propia Los Increíbles, son ya verdaderos clásicos de la historia del cine.

Pero hablando de la película que nos ocupa, hay que decir que si bien no es la mejor de Pixar, es una nueva obra maestra. De una forma muy divertida y cuidada, se nos presenta a Remy, una rata con extraordinarias virtudes culinarias, admirador del más grande chef de París, Gusteau, a pesar de la desaprobación de estas intenciones por parte de su padre y de su hermano Emile. Accidentalmente, Remy se separa de su familia y amigos, huyendo del caserío de donde robaban comida, y de forma providencial, su travesía acaba debajo del restaurante de Gusteau. De forma casual, conoce al torpe y joven pinche de cocina Linguini. Remy, por medio de Linguini, empieza a desarrollar sus recetas con resultados muy positivos.

Ante esta premisa simple, y que ciertamente no da para mucho más, Brad Bird realiza la proeza de sacar una película de 102 minutos, una duración excesiva para el cine de animación. Esto no es un defecto, sino una muestra más del mérito que la rodea, ya que la trama no decae en ningún momento, a pesar de que en el nudo de la historia encontramos ciertos altibajos, que se solventan con un memorable e inteligente final, en el que se aúna la verosimilitud que exige el público adulto y la magia que suele contener este tipo de cine.

Portentosa visualmente, Ratatouille sigue la línea estética de Los Increíbles, con colores azules y rojos en su mayoría, con claroscuros que ciertamente dicen mucho a favor de las labores de producción.


Los personajes, lejos de ser tópicos, tienen el suficiente carisma como para poder empatizar con ellos sin demasiado esfuerzo. El personaje de Remy es ciertamente adorable, y Linguini evoca una agradable mezcla de compasión y complicidad (con una sorprendente evolución), siendo muy conseguida la relación amorosa del joven con su compañera Collette, que será a la vez su amor platónico y su mentora en las labores de cocina.

El ritmo es una de las virtudes más palpables de la película, ya que da la sensación de que nada falta ni sobra. Los 102 minutos antes mencionados en ningún momento relucen, ya que Ratatouille es, antes que nada, un espectáculo de entretenimiento y disfrute, y merece proclamarse, por todo lo alto, una de las películas cumbre de este año 2007. No en vano, miles de votantes la han alzado en el puesto 66 del ránking de IMDB de las mejores películas de la historia. Podría parecer exagerado, pero no es para menos, ya que es un digno reconocimiento a la labor de Pixar, que ha dado una vuelta de hoja al cine de animación y ha conseguido que divierta a todo el mundo, a la vez que elabora guiones cada vez más brillantes, rebosantes de talento e imaginación.


La música, a cargo de Michael Giacchino, no se hace notar demasiado pero sobresale en los momentos más emotivos de la película. Una carrera ascendente la de Giacchino, que gracias a sus trabajos en la serie Lost y Los Increíbles, se ha hecho un hueco entre los compositores más prometedores del cine actual.

En la versión original, las voces están a cargo de actores consagrados como Peter O’Toole, Ian Holm, Patton Oswalt o Brian Dennehy, que aportan su experiencia y su expresividad para hacer más creíbles los personajes.

En Ratatouille hay momentos inolvidables que por sí solos aúpan a la película a lo más alto. La forma de comunicación entre Remy y Linguini para poder cocinar es absolutamente genial, al igual que el personaje de Anton Ego, un crítico de cocina que inunda los diálogos de citas increíblemente audaces y llenas de sabiduría. El villano, Skinner, da la talla y está a la altura de los villanos más conocidos del cine de animación. En ningún momento se cae en la lágrima fácil, más que nada porque la emotividad está contenida pero es omnipresente.
Mientras esté Pixar, el cine de animación está a salvo. Una obra maestra más que sin duda consolida a Brad Bird y nos hace esperar lo siguiente, a niños y a no tan niños.

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