John Huston es un personaje al que fue difícil acercarse. Él mismo colaboró poniendo las cosas un poco más difíciles en su deliciosa autobiografía, traducida al español como “A libro abierto”. Un texto divertido, emocionante y demoledor que parecía el argumento de su próxima película. La crítica nunca lo trató demasiado bien, unas veces encumbrado y otras calificado como director de tercera categoría. Dividir su obra en dos montones (filmes buenos y malos) es rechazar la grandeza de su talento. Un talento basado en el conocimiento del tema principal de cada una de sus películas, trufado de su ironía socarrona. Al fin y al cabo, no se cansaba de repetir que prefería la vida al cine.
Su primera película concluyó en 1941, la última en 1987, aquejado de una tremenda enfermedad. Huston fue un cineasta hasta el último día de su vida. De padre irlandés: Walter Houston (toda una figura del teatro y del cine) y madre era la periodista Rhea Gore. Tuvo una niñez agitada, saltando de ciudad en ciudad y de colegio en colegio hasta el día que decidió dejar de estudiar para dedicarse al boxeo.
Después de participar en una treintena de combates optó por el teatro. También lo abandonó para ir a Mexico en busca de aventuras, allí participó en la revolución como oficial del ejército. Entre sus profesiones destacan las de pescador de altura, escritor de novelas y dramas (de las que no se guarda ningún recuerdo), cazador profesional y periodista, más un largo etcétera de oficios llenos de inestabilidad.
Se marchó a Europa con la intención de estudiar arte, pero empezó a trabajar como guionista en una productora inglesa que no tardó en quebrar. Así fue como tuvo que volver a Estados Unidos. Tras otro breve paréntesis como periodista vuelve a ser guionista para cintas que dirigirían William Wyler, Anatole Litvak, Raoul Walsh y Howard Hawks.
En 1941 se presentaba su gran oportunidad gracias al rodaje de El Halcón Maltés, basado en la novela de Dashiell Hammett. Un proyecto de poca envergadura, que iba a ser la tercera adaptación de la obra al cine. A la Warner no le importó dejar el proyecto en manos de un novato, pero el actor previsto: George Raft era demasiado para trabajar con un desconocido John Huston. Así que llamó a su amigo Humphrey Bogart y aceptó. Así fue como se gestó una de las joyas indiscutibles del cine negro. El propio Hammett reconocería que nadie como Huston había captado tan bien lo quería expresar en su libro.
Huston conseguía, rodando casi siempre en interiores, dar la visión de una ciudad, un país entero, de su fachada y de su submundo. Bogart estaba genial en su interpretación de Sam Spade, un hombre cínico y desilusionado que sin embargo estaba dispuesto a luchar. Sin duda, el mejor alter ego posible del director.
La unión Bogart-Huston continuaría en cinco títulos más: Across the Pacific, El tesoro de Sierra Madre, Cayo Largo, La Burla del Diablo y La Reina de África. En cada una de los filmes, Huston insuflaba aún más vida un único personaje: el perdedor, un “loser” hasta el final de la cinta, capaz de luchar contra todos (incluso contra sí mismo). Y así fue como se sacó un arquetipo cinematográfico de la manga.
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